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8 de febrero de 2010

Programa doble: El mito de la caverna en Matrix y Nivel 13




“¿Qué es lo que veo por la ventana? Sombreros y capas que muy bien podrían ocultar unas máquinas artificiales, movidas por resortes”

René Descartes


Al igual que los hombres del mito de la caverna de Platón, obligados a contemplar unas sombras a las que consideran la auténtica realidad, los protagonistas de Matrix y Nivel 13 viven, sin saberlo, como esclavos en un mundo irreal. Del mismo modo que en el mito, alguien conseguirá escapar de la prisión y ver el mundo exterior. Al principio le dolerán los ojos, pero logrará observar la verdadera realidad, mucho más compleja que las proyecciones virtuales que entendían como reales.


El documental ¿¡Y tú que sabes!?, refleja algunas de las últimas teorías de la física cuántica (en la línea más cercana a la Nueva Era) que cambia por completo la noción de nuestro universo. Se afirma que existen unas partículas más pequeñas que los átomos (subatómicas) que no están hechas de materia sino de energia. Estas partículas parecen existir únicamente cuando son observadas, es decir, que nosotros somos creadores de la realidad física que aparentemente es sólida. Según estas teorías, nuestros pensamientos crean nuestro mundo, de la misma forma que el lenguaje binario informático crea el mundo “real”de Nivel 13 o la falsa realidad de Matrix. Sus mundos no son más que conceptos construidos por otros hombres en la película de Josef Rusnak o por máquinas, en la trilogía de los hermanos Wachowsky.

A diferencia del mito de Platón, donde el mundo real es inteligible (se accede con el alma), los mundos de Nivel 13 y Matrix son físicos, siendo el falso mundo, virtual, producto de una computadora. En este contexto, Neo, puede (y debe) aprender a dominar este falso mundo, consciente de su “no existencia” y ser capaz de cualquier cosa, cualquier imposible.


Esto,tampoco es nuevo. Estrechamente enlazado con la teosofía y con algunas doctrinas orientales, Neo no sería otra cosa que el equivalente al maestro ascendido, que una vez alcanzada plena consciencia del más alto nivel, sobrepasa las limitaciones de la experiencia humana, siendo capaz de desafiar las leyes físicas, como volar o esquivar las balas.

Por desgracia, los habitantes de los dos mundos de Nivel 13 ( el mundo contemporáneo y el de los años 30) no son capaces de trascender y adquirir un poder divino como hace Neo y permanecerán eternamente anclados allí hasta que alguien lo determine.

Hannon Fuller, el viejecito que utilizaba el mundo virtual para beneficiarse de las bellas coristas, al menos descubre la terrible verdad, que al igual que los Smith de la trilogía Matrix, los responsables intentarán ocultar a cualquier precio.


Grogias, filósofo griego nacido en el siglo V antes de Cristo, elaboró tres conocidas tesis:

1. No existe realidad alguna
2. Si algo existiera sería impensable
3. Si se diera el caso de que conocieramos algo, no podríamos comunicarlo a los demás…


¿Acaso nuestro mundo no es real?



Las películas:


Nivel 13 (1999),de Josef Rusnak
Matrix (1999), de los hermanos Wachowsky


Artículo de
David Boscá

22 de enero de 2010

Programa doble: The Haunting vista por Wise y destrozada por De Bont



Exterior. Mansión Inglesa. Día

Travelling. Una niebla muy espesa imposibilita la visión del espectador. Lentamente empieza disiparte. Redobles, percusión. La niebla describe movimientos ascendentes y descendentes mientras se perfila de fondo una estructura. Suenan violines puntados. Atravesamos el banco de niebla y distinguimos un edificio. Se trata de una mansión de la campiña inglesa. Hecha de piedra y con una clara influencia gótica. Está abandonada. Las vidrieras de sus ventanas son opacas y las enredaderas cubren gran parte de la fachada. La cámara sigue acercándose lo suficiente como para distinguir dentro de la casa, tras una ventana, la figura de una niño, de tez blanca y cabellos rubios, vestido con pequeño traje inglés tweed de principios del siglo XX. El niño habla, dice cosas, mueve la boca y de repente empieza a hablar más alto, aunque el espectador no le escucha. La música incrementa su intensidad. Violines, trompas y percusión. El niño pone la mano en la ventana y su expresión se vuelve triste. Lentamente desaparece.
Fundimos a negro.


Título de la película: LA MANSIÓN MALDITA

Este podría ser perfectamente el arranque de una película inglesa de los años setenta. Una película de terror y que podríamos encasillar en un subgénero que nació con el cine, las casas encantadas.


Todo esto viene a que ayer pude visionar de nuevo, aunque por poco tiempo ya que carecía de interés, el remake de The Haunting, rodado en 1999 y dirigido por Jan de Bont. Aquello me hizo recordar uno de mis subgéneros favoritos, el de las casas malditas, y concretamente, debe ser una filia, aquello me produjo un fruición terrorífica porque vino a mi cabeza una de mis películas preferidas, la original The Haunting de Robert Wise.

Corría 1999 cuando fui al cine a ver la versión de Da Bont. Al descubrir que se trataba de un remake intenté hacerme con la película original, que encontré en la biblioteca de mi ciudad. Lo primero que me llamó la atención fue que Robert Wise, el mismo que había dirigido Sonrisas y Lágrimas, y West Side Story, dos musicales que han quedado en los anales de la historia del cine, se había atrevido con una película de terror (más tarde descubriría que este hombre trabajaba todos los géneros).



La película, basada en la novela de Shirley Jackson (1959) The Haunting Hill House, cuenta el experimento del profesor Markway (Richard Johnson), interesado en el terror que siente el ser humano, decide pasar unos días en una supuesta mansión encantada. Empecinado en demostrar que sus estudios son fiables recluta a una serie de voluntarios entre los que se encuentran Eleonor, Theo y Luke. Pero cada uno de ellos no han sido elegidos arbitrariamente, sino de manera concienzuda. Luke(Russ Tamblyn) es el heredero de la mansión, una especie de “Juan sin miedo”, Theo (Claire Bloom) es una mujer hermosa y segura de si misma, mientras que Eleonor (Julie Harris) es todo lo contrario que los otros personajes, una mujer insegura, maltratada psicológicamente, fantasiosa y solitaria. Es el personaje del profesor Markway quien aglutina estos personajes tan dispares psicológicamente y los analiza en un caldo de cultivo propenso al terror y la fantasía. Será finalmente la pobre Eleonor quien descubrirá que la mansión tiene algo más, un ser que la llama y que exige un sacrificio. ¿Pero esto es así? ¿Por qué es Eleanor la única que acude a su llamada? ¿Quizá es más sensible que el resto? ¿Quizá su fallecida madre y su predisposición por la muerte han ampliado sus horizontes percetuales?


Robert Wise consigue rodar una magnifica película de terror gótica, con tintes psicológicos de gran envergadura, sin utilizar nada más que los recursos cinematográficos del momento (no olvidemos que estamos en1963). Una fotografía en blanco y negro muy subexpuesta y contrastada, el uso del cinemascope 2.35:1 y el gran angular (para retratar la grandiosidad de la mansión), y unos efectos sonoros y ópticos que utilizados con la maestría de Wise consiguen introducir en la escena al susceptible espectador.

En 1999 el remake de De Bont llamó mucho la atención de los medios. La película interpretada por Liam Nesson en el papel del profesor, Catherine Zeta-Jones en el de Theo, Owen Wilson como Luke, y Lili Taylor, cuenta exactamente la misma historia, sin embargo carece de todos los recursos que hace la versión de Wise una auténtica obra de arte. Como película taquillera que pretendía ser se alejó de la psicología de los personajes, mostrando sus miedos de manera abierta. Conocemos desde los primeros planos los ruidos que angustian a Eleonor, la bisexualildad de Theo, el pijismo de Luke y la obsesión de Narrow. Tras descubrir a los personajes, Da Bont nos enseña la casa, con un diseño de producción digno de Dreamworks, y con unos efectos CGI de gran presupuesto para su momento.


Así es el remake de The Haunting, gratuito, barato, fácil y destinado a convertirse en un blockbuster del momento, condenado a desaparecer. Mientras la obra de Wise perdura, aparece en lo libros, se estudia, se recomienda, forma parte de las cinco mejores películas de casas encantadas de la historia del cine, y sobre todo, siempre que se vuelve a ver sorprende y asusta. Gracias Wise.

Próximamente: Especial casas encantadas.

Artículo de
Rubén S. Ferrer

8 de enero de 2010

Programa doble: Un rayo de sol en la Luna



Metafísica. Parte fundamental de la filosofía que trata el estudio del Ser en cuanto tal y de sus propiedades, principios, causas y fundamentos primeros de existencia.

Es inevitable encontrar una estrecha conexión entre las dos películas propuestas hoy (Sunshine, de Danny Boyle, y Moon, de Duncan Jones) y las dos principales obras maestras de la ciencia-ficción, Solaris, de Andrei Tarkovsy y 2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick.

Estamos frente a dos de las propuestas más valientes de los últimos años en el terreno de la ciencia-ficción. Por una parte, la primera incursión en el género del director británico Danny Boyle ( Transpotting, 28 días después, Slumdog Millionaire) con el deliberado objetivo de conseguir un film que fuera capaz de fundir premisas tan dispares, y a la vez tan cercanas, como las que proponían el film de Tartokvsy y el Alien, de Ridley Scott.



Por otra , la ópera prima de Duncan Jones, que lejos de utilizar el nombre y reputación de su padre ( David Bowie), se lanza con un explícito homenaje al clásico de Kubrick, con todo el riesgo que ésto conlleva. Eso sí, lo hace con dos actores fántasticos: Kevin Spacey y Sam Rockwell, protagonistas absolutos de Moon.


Ambos films centran el argumento en sendas misiones espaciales, el intento de supervivencia de la humanidad ante un sol que se está apagando, y la extracción de recursos en la Luna para paliar la crisis de suministros energéticos que sufre la Tierra.

Los postulados básicos de la metafísica como el concepto de la no-contradicción, es decir la inviabilidad de que algo sea y al mismo tiempo no sea, están presentes en ambas películas, pero es en el caso de Moon, donde se le da una vuelta de tuerca muy interesante.

Como buenas películas de género, hacen uso de la mitología para mantener un diálogo secreto con el espectador más avispado, que en seguida sabrá descodificar, por ejemplo, la decisión de nombrar Ícaro II a la nave de Sunshine o ver una posible unión con el hecho de que en el hinduismo el tiempo sea la eterna repetición de los mismos ciclos y Soma (el dios lunar) represente la inmortalidad. Pero, ¿qué entendemos por inmortalidad en la película de Duncan Jones?




Es posible que la película de Boyle se vaya apagando como el sol a lo largo del metraje, coincidiendo el punto de caída con el principio del tercer acto, que si bien aporta altas dosis de suspense, rompe con la armonía y la perfección visual que Sunshine estaba ofreciendo hasta ese momento. Paradojicamente, la idea de concebir la misión espacial como un viaje psicológico de los personajes hacia el Sol como fuente de vida de nuestro universo y toparse de golpe con lo real (con aquello que de repente nos hace darnos cuenta de que la vida no está hecha para nosotros) me resulta francamente interesante.

Moon es más equilibrada, pero no por ello menos tramposa, jugando maravillosamente, eso sí, con algunos clichés del género para confundir o guiar al espectador al lugar equivocado, incluso con referencias o paralelismos cinéfilos como el Gerty-Hal 9000.


Me parece interesantísimo también, al igual que ocurría en Matrix, la interpretación casi literal que Duncan Jones hace del mito de la caverna de Platón o de otras referencias filosóficas como el principio determinista o la creencia universal del libre albedrío para construir el personaje de Sam.

Dos películas muy recomendables que dejan de lado la maquinería y pirotecnia características de los “blockbusters” para centrarse en aspectos mucho más profundos del ser humano.

Te pueden interesar:


2001, una odisea en el espacio, 1968
Solaris, 1972
Naves misteriosas, 1972
Alien, 1979
Atmósfera cero, 1981
Gattaca, 1997
Nivel 13, 1999


Artículo de David Boscá