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8 de abril de 2010

La distopía del código 46




"Si una pareja tiene compatibilidad genética igual o superior al 25%, no podrá relacionarse sexualmente ni concebir prole. De hacerlo, el feto deberá ser inmediatamente eliminado y ambos sufrirán prisión, o exilio".

Código 46

Shanghai, en el futuro. Un futuro donde los recuerdos pueden ser borrados y los peligros pueden predecirse. William (Tim Robbins) es enviado a dicha ciudad para investigar un fraude en la compañía de seguros Sphinx. William tiene un virus que le permite leer las mentes de las personas. Maria (Samantha Morton) trabaja en Sphinx creando "papelles", un documento del seguro indispensable para que la gente pueda hacer cualquier cosa. María es la persona que está cometiendo el fraude, vendiendo "papelles" falsos a la gente a la que Sphinx rechaza asegurar. Williams descubre que Maria es culpable y que debe ser entregada a las autoridades, pero se enamora de ella. (FILMAFFINITY)

Desde la aparición de la ciencia ficción en la literatura, algunos autores de la talla de Crl Sagan o Isaak Asimov señalan a Somnium (1623) de Johannes Kepler como el primer relato, y Frankenstein de Mary Shelley como el primer punto y aparte, ha ido creciendo temáticamente con el paso de los años. Al siglo XIX se le debe en gran parte el concepto de anticipación, y dos de los más grandes autores decimonónicos de la novela de aventuras, H.G. Wells y Julio Verne. Tras unos cuantos años dorados empieza a germinarse lo que será denominada la ciencia-ficción dura (hard) en la que autores como Arthur C. Clark o Isaak Asimov barajan complejos argumentos científicos para hacer todavía más creíbles sus historias, serían sin embargo los rusos y otros autores del este los que combinarían con mayor puntería estos argumentos duros con la reflexión y la introspección explorando temas filosóficos. Es el caso por ejemplo de Stanislav Lem y su modernísima Solaris (1961). En paralelo llegaron autores como Orwell o Huxley con sus pesimistas relatos que condicionarian la literatura posterior. A partir de los años 80 y en plena eferverscencia de la informática, empezaron a germinar los nuevos género cyberpunk, el steampunk o el biopunk, centrado este último en los grandes avances de la biotecnología y reflejado magistralmente en la película Gattaca, de Andrew Niccol (1997).



No es casualidad que haya empezado mi discurso con Carl Sagan y haya cerrado el párrafo anterior con Gattaca, ya que la película de Michael Winterbottom, muy deudora del film de Niccol recorre hábilmente en ocasiones, torpemente en otros momentos, el abanico de posibilidades temáticas de la ciencia-ficción universal.


Plantea como eje básico argumental la distopía, o lo que es lo mismo la utopia perversa, una sociedad ficitica que dista enormemente de lo que entenderíamos por perfecta. Al igual que Gattaca, retoma el problema genético y lo convierte en un (por no decir el peor) enemigo de la humanidad, que condicionará implacablemente el destino trágico de los ciudadanos. La globalización extrema (reflejada incluso en el lenguaje) con sus catastróficas consecuencias no es más que la evolución democrática del universo orwelliano al que, desgraciadamente, nos embarcamos prácticamente sin despeinarnos.

Las comparaciones con Blade Runner, de Ridley Scott (1982), Eternal Sunshine of the Spotless Mind , de Michel Gondry (2004,estrenada un año después) o Lost in Translation, Sofia Coppola (2003, del mismo año) son inevitables. Una vez más el caprichoso destino se encargó de agrupar cintas tan similares en un periodo tan corto de tiempo.


No son pocos los que han tildado a Código 46 de fría, pedante y aburrida, con mayor o menor acierto. No cabe duda de que el film ofrece una mirada aséptica, quizá demasiado desapasionada pero justificada, sin lugar a dudas, por la historia de Frank Cottrell Boyce. Winterbottom lleva lo más lejos que puede su estilo visual en clave de esta percepción aséptica, y lo consigue, en parte por la preciosista fotografía de A.H. Kuchler y Marcel Zyskind y la fantástica elección de Stephen Hilton y David Holmes para la composición musical que consigue embriagar al espectador y dirigirlo prácticamente hacia un estado de hipnosis (siempre consciente y voluntaria) visual, paradójicamente onírico en esta apática sociedad, construido con una inteligente sobreexposición de la fotografía. A diferencia del film de Coppola, aquí las luces de Shanghai o los rascacielos de Dubai ejercen como laberintos tecnológicos que deshumanizan todavía más al ser humano y potencian, de la misma manera que Lost in Traslation, la fuerza del amor y la supremacía de la condición humana frente a las diversidades.


Es una lástima que la puesta en escena en lugar de servir de herramienta al relato se anteponga a todo, restando credibilidad y fuerza a lo que tiene que primar por encima de todo: la historia. Dudo si era el objetivo último del director, aturdir al espectador y llevarlo a este terreno irreal ( de la misma forma que Won Kar-Wai) , donde, al igual que en los sueños, los acontecimientos transcurren sin atender, en ocasiones, a razón alguna.

La distopía hecha cine:

Fahrenheit 451 (1966), de François Truffaut
El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner
THX 1138 (1971), de George Lucas
La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick
El proceso (1972), de Orson Welles
Soylent Green (1973), de Richard Fleischer
La fuga de Logan (1976), de Michael Anderson
Escape from New York (1981), de John Carpenter
Blade Runner (1982), de Ridley Scott
1984 (1984), de Michael Radford
Brazil (1985),de Terry Gilliam
Akira (1988), de Katsuhiro Ôtomo
Doce monos (1995), de Terry Gilliam
Días Extraños (1995), de Katrhryn Bigelow
Gattaca (1997), de Andrew Niccol
The Matrix (1999), de los hermanos Wachowsky
Equilibrium (2002), de Kurt Wimmer
Hijos de los hombres (2006), de Alfonso Cuarón
A Scanner Darkly (2006), de Richard Linklater
The road (2009), de John Hillcoat

Artículo de David Boscá

4 de abril de 2010

La chica que saltaba en el tiempo




Todas las cosas nos son ajenas; sólo el tiempo es nuestro.

Lucio Anneo Séneca.


La joven Makoto esta probablemente viviendo los mejores años de su vida, disfruta junto a sus amigos Chiaki y Kosuke de los últimos días de instituto, de la ausencia de grandes responsabilidades. Juntos recuerdan los días de verano, y hablan de sus pequeñas preocupaciones mientras juegan a béisbol. Tras un desastre de día, Makoto descubre asombrada que tiene la capacidad de viajar hacia atrás en el tiempo dando grandes brincos y comienza a utilizar su nueva habilidad para evitar los problemas y alargar esos preciosos días de su adolescencia. Claro que, viajar en el tiempo tiene sus inconvenientes…

El viaje en el tiempo se ha convertido con el paso de los años en un subgénero de la ciencia-ficción a tener en cuenta. Llegó tarde, salvo alguna rareza olvidada, en la década de los 50-60 pero lo hizo con tanta fuerza que encontramos viajes en el tiempo en el cine de aventuras, El tiempo en sus manos, de George Pal (1960),Time Bandits, de Terry Gilliam (1981), en el cine de acción, The Terminator, de James Cameron (1984), Star Trek: First Contact, de Jonathan Frakes (1996), El final de la cuenta atrás, de Don Taylor (1980), El experimento filadelfia, de Stewart Saffill (1984), o en el thriller, 12 monos, de Terry Gilliam (1994), Frequency, de Gregory Hoblit (2000), Donnie Darko, de Richard Kelly (2001), El efecto mariposa, de Eric Bress & J. Mackye Gruber (2004), o Primer, de Shane Carruth (2004). Con el gran precedente de la trilogía de Back to the future, de Robert Zemeckis (1985) el viaje en el tiempo llegó a la comedia y se produjeron películas como Las alucinantes aventuras de Bill y Ted, de Stephen Herek (1989), Los visitantes, de Jean-Marie Poiré (1990) o Groundhog day, de Harold Ramis (1993). La televisión no podía ser menos y tras el éxito de Doctor Who (1963-1989) los viajes en el tiempo se convirtieron en un tema recurrente de la pequeña pantalla, los vemos en Quantum Leap (1989-1993), Sliders (1995-2000), Twilight Zone (1959-1964), Journey man (2002), Lost (2004-2010) o Life in Mars (2006).

Sorprendentemente, el cine de animación no pareció demasiado interesado en el tema ( dejando de lado algunos hilos argumentales ), no encontramos ninguna película referencia hasta Toki wo Kakeru Shōjo ( La chica que saltaba en el tiempo) en el año 2006.



La película, producida por Madhouse (responsable de series como Death Note o Monster) y dirigida por Mamoru Hosoda habla del paso del tiempo, de la ausencia de los días pasados, de la juventud, de la magia de aquellos días exentos de preocupaciones, del amor primerizo. La ciencia-ficción es una bonita excusa para sacar a la luz los sentimientos de Makoto, para obligarla a romper el fragil cascarón de la inocencia y enfrentarse por primera vez en su vida a la dureza de la toma de decisiones presente contínuo de la vida del adulto.


Cercana a Efecto mariposa (2006) es posiblemente la película más elegante de viajes en el tiempo realizada hasta la fecha. Cargada de bellas imágenes (perfectamente acordes al sentimiento de inocencia y pureza que desprende el film) que bien podrían formar parte de alguna pieza de autor europeo, se recrean, al igual que estos autores en la introspección, en la melancolía pero sin dejar de lado el humor ( la patosa Makoto), e incluso el suspense ( cerca del final, termina rompiéndose el climax en una secuencia que parece sacada de Cashback, de Sean Ellis, 2004).


La chica que saltaba en el tiempo, no deja de ser un producto shōjo manga (dirigido especialmente a chicas adolescentes), aunque es cierto que cualquiera puede disfrutarla y sentirse identificado con la protagonista. También puede ser que en algunos momentos abuse de la ñoñería y el infantilismo, por otra parte, siempre presentes en la sociedad japonesa y únicamente comprensibles mediante ejercicio de empatía. Posiblemente sea el desenlace lo más flojo de la película. Dejando a un lado la ciencia-ficción durante gran parte del metraje (siempre presente pero en segundo término) cuando realmente aparece como protagonista nos extraña e incluso nos parece fuera de lugar. Aún así, personajes marcianos como la tía de Makoto (tan presente en el shōjo manga) incluidos, la película es un punto y a parte en el cine de animación contemporáneo.

Desgraciada y sorpresivamente, La chica que saltaba en el tiempo sigue sin estar editada en nuestro país y es necesario encomendarse a aquello que la ministra de cultura trata de desterrar para poder disfrutar de una pequeña joya de la animación japonesa.

Artículo de David Boscá

1 de abril de 2010

De latir mi corazón se ha parado




Unas pocas semanas atrás, el estreno de Un profeta deslumbró a todos aquellos que, como yo, sienten una profunda admiración por los dramas carcelarios y que, con satisfacción, veían cómo el género experimentaba un nuevo auge gracias a la aparición de las excelentes Celda 211 o a Shutter Island y algunas de sus referencias al cine patibulario, desgraciadamente no tan frecuente (según pensamos muchos) como debería: La evasión, El hombre de Alcatraz, Fuga de Alcatraz, Papillon, Un condenado a muerte se ha escapado, La gran evasión, Cadena perpetua son algunas de sus films más representativos pero ¡ay! nos saben a poco.


La curiosidad y el consejo de algún amigo más ducho que yo en la cinematografía de la patria de Robespierre (¡gracias Raúl!) me impulsó a visionar éste otro trabajo (2005) de Jacques Audiard que, a pesar de ser un remake de Melodía para un asesino de James Toback, en mi opinión mejora la obra que lo inspira. No obstante, no deja de ser cierto que el título del original es bastante más acertado, pues la forzada traducción al español de De battre mon coeur s'est arrêté obliga a un hipérbato ripioso.

Romain Duris interpreta a Thomas Seyr, violento joven que se dedica al innoble arte de desahuciar a inquilinos morosos –o sencillamente ilegales- de sus viviendas: entre sus múltiples recursos para desempeñar su función –desempeñada en Valencia, como es sabido, por cierta empresa de seguridad cuyo nombre obviaré- se encuentran las amenazas, la violencia o la cobarde estrategia de instalar la insalubridad en esos hogares. De hecho, odia la sordidez y la insania intrínsecas al “negocio inmobiliario” y a los negocios que por él pululan, del mismo modo que se odia a sí mismo por lo que hace, y por haberse dejado introducir en semejante desatino por influencia de su padre (Niels Arestrup, que interpreta a otro personaje poco recomendable –el mafioso corso- en la ya mencionada Un profeta), un rentista pragmático (con ese pragmatismo, podríamos afirmar, que ha hecho de la nuestra una sociedad esquizoide y triste como la protagonista de La pianista de Haneke: “hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego”, decía Tolstoi) y problemático para su hijo a partes iguales. Tom, en cambio, heredó de su fallecida madre –reconocida concertista de piano- el talento y un carácter hipersensible. Precisamente el encuentro con un antiguo amigo de ésta provoca el resurgimiento de su vocación musical con un renovado vigor que roza lo febril. Llegados a este punto, muchos comenzarán a atar cabos y a comparar nuestro film con Mi vida es mi vida de Bob Rafelson y, curiosamente, y una vez comprobado que median ocho años entre ésta (1970) y la citada Melodía para un asesino (1978), no es tan inverosímil pensar que la una pudiera inspirarse en la otra.



En fin: Seyr decide prepararse para una audición tras diez años sin tocar, motivo por el cual comienza a asistir a clases particulares de piano impartidas por una concertista vietnamita, cuya principal particularidad reside en que no habla francés ni lo más mínimo. Será la música, serán sus dedos deslizándose saltarines sobre las teclas de un piano de cola, los que tenderán un puente para el mutuo entendimiento. Mientras tanto, el padre del matón reconvertido a artista (naturalmente en desacuerdo con su hijo, como en el caso de Billy Eliott de Stephen Daldry) se va metiendo hasta el cuello en un cul-de-sac con la mafia rusa que le saldrá muy caro…


¿El desenlace? Aventuraos vosotros mismos en esta mezcla de género negro, crítica social, drama musical, película iniciática y reflexión estética tan bien ensamblada -casi exclusivamente, eso sí, alrededor del protagonista. En resumen, el film de Audiard vuelve a hablarnos del clásico tema (¿es que acaso existe otro?) de la polaridad existente en el ser humano y, de forma más patente, en aquellos seres dotados de un genio creador, de ese daimon único e intransferible que -a juicio de Heráclito- cada uno poseemos, y que en su tensión alberga todas nuestras potencialidades, ya sean constructivas o destructivas.

Los 8 Premios César, incluyendo mejor película y mejor director, así como el premio a la mejor banda sonora en Berlín de De latir mi corazón se ha parado, avalan esta historia de redención a través de la música (curioso, la peli de mi anterior y primer post también podría definirse como tal) salpicado por las notas de Haydn y por la electrónica de Télépopmusik.

Filmografía relacionada:

Tirad sobre el pianista (Tirez sur le pianiste, François Truffaut, 1960)
Mi vida es mi vida (Five easy pieces, Bob Rafelson, 1970)
Melodía para un asesino (Fingers, James Toback, 1978)
El piano (The piano, Jane Campion, 1993)
Shine (Scott Hicks, 1996)
Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000)
La pianista (La pianiste, Michael Haneke, 2001)
El pianista (The pianist, Roman Polanski, 2002)

Artículo de Miguel Pérez




30 de marzo de 2010

El desconocido Tornatore




La desconocida (2006), de Giuseppe Tornatore

Tornatore nos regaló su obra Nuovo Cinema Paradiso contando algunos aspectos biográficos de su vida, tal y como lo hizo Fellini en 8 ½ o Amarcord,nos robó el corazón con esta obra maestra… desde la perspectiva de la vieja escuela italiana. Después se introdujo de lleno en el género del thriller, algo que tiene poco que ver con su firma.

Aunque el género sea especialmente ajeno a él, y su estilo fuera de alguna forma muy ortodoxo, el largometraje del director romano, nos deleita con un guión nada convencional y fresco donde el mismo personaje es la propia estructura del paradigma narrativo.

Tuve la oportunidad de ver esta película en Roma, en un pequeño cine de barrio entre la via Nazionale y Piazza Repubblica. Echaba de menos un buen thriller europeo y conociendo la trayectoria de géneros del director y estilo, compré las entradas sin generarme grandes expectativas. Cogí un folleto donde se informaba de las ofertas de proyección en ese mismo cine y pude leer:

Llegada hace unos años de Ucrania, Irena (Kseniya Rappoport) vive en una ciudad gris del norte llevando consigo una pena secreta. Su vida se parece irremediablemente a la de otras chicas procedentes de los países del Este: un sinfín de violencias, humillaciones y explotación día tras día. Sólo un recuerdo agradable: el de un amor intenso, truncado bruscamente. Llegada a los treinta años, busca trabajo y pide ayuda: por fin se coloca en una acomodada familia de orfebres, los Adacher y se convierte rápidamente en una presencia determinante para la pequeña Tea. Desgraciadamente, el aparente equilibrio alcanzado está destinado a romperse: desde el pasado ya no asoman sólo pesadillas y visiones, sino que vuelve también su maltratador de antaño, conocido como "Muffa" (Michele Placido), que la arrastra en una cadena de nuevos horrores. 
Pero Irena está cerca de alcanzar su propio objetivo, y no quiere detenerse…



Desde la sinopsis no me pareció un thriller que sea digno de una especial mención, pero desde la perspectiva paradigmática, desde el género y sobre todo, desde la mirada subjetiva… no tuve más remedio que quitarme el sombrero mientras se me escapaba un “¡Bravissimo!”


El paradigma narrativo tiene una linealidad temporal y estructural por norma general, que de va de A a B y de B a C…además lo podemos resumir en: Planteamiento y presentación de personajes; nudo-desarrollo de la historia y por último desenlace. Tornatore baraja estos bloques y la dirección temporal como si fichas de dominó se trataran y crea el planteamiento de la historia descrito como una bocanada de aire fresco. Es decir, por un lado no presenta al personaje principal en las primeras secuencias sino que es la identidad del personaje es lo que sustenta toda la trama.


El flash-back es el recurso que permite a Tornatore presentar a cuentagotas a Irena. El pasado es el catalizador activo de la trama y es el mismo pasado (Muffa) quien se manifiesta en el presente sin tener muy claro el quién es Irena y cual es su objetivo. Es decir, desde el punto de vista manierista… si se justifican las acciones de la protagonista o no.

Por eso el espectador se siente completamente intrigado y absorto en la historia porque durante toda la película le plantean muchas incógnitas sin hacerle perder un hilo que ha sido tejido muy finamente.


No obstante hay que destacar que sus imágenes están cargadas de muchísima fuerza compositiva y drámatica. La ausencia de color en las ciudades industriales del norte de Italia y la oscuridad que Morricone otorga a la banda sonora, ha conseguido que “La Sconosciuta” sea un film de tintes y atmósferas muy acertados. Toda una obra maestra, una vez más, del maestro Tornatore.

Si te gustó La sconosciuta:

Shadow of a doubt, de Alfred Hitchcock (1943)
Sunset Boulevard, Billy Wilder (1950)
The tenant, de Roman Polanski (1976)
Une Pure formalité (1994), de Giuseppe Tornatore
La leggenda del pianista sull'oceano, Giuseppe Tornatore (1998)
Io non ho paura, Gabriele Salvatores (2001)
Il y a longtemps que je t'aime, Philippe Claudel (2008)

Artículo de Pepo Ruiz

22 de marzo de 2010

El arte de Jonathan Glazer




¿Quién es Jonathan Glazer?

Londinense de nacimiento sin duda es uno de los personajes, junto a Spike Jonze, Chris Cunningham y Michel Gondry, responsables de algunos de los cambios más considerables de la historia reciente del mundo audiovisual. Todos ellos revolucionaron el mundo del videoclip y de la publicidad, aportando claves importantísimas que el incipiente cine posmoderno se encargaría de incluir en su nueva estructura. Es imposible entender la evolución del cine posmoderno sin antes detenerse en el trabajo de estos genios de la imagen.

No se puede obviar la gran influencia del gran Stanley Kubrick en buena parte de la obra de Jonathan Glazer. Evidentes son las referencias de El resplandor en el video Karmacoma, de Massive Attack, de La Naranja Mecánica en The universal, de Blur, de Barry Lyndon en el spot de Levi's Odyssey (recordais esa pareja corriendo y atravesando paredes al ritmo de los acordes de Haendel), de 2001, una odisea en el espacio en el Virtual Insanity de Jamiroquai y en el anuncio Paint para Sony Bravia ( 70.000 litros de pintura al son del vals) o la presencia de Eyes Wide Shut en su segunda película Birth (Reencarnación).


Si algo caracteriza la obra de Glazer es la continua sensación de intranquilidad, la presencia, a menudo a nivel del subconsciente, del mal, de lo bizarro en ambientes terriblemente familiares. Prueba de ello son los sentimientos despertados en algunos de sus mejores videos musicales, como los geniales Street Spirit ( donde experimentó con la velocidad selectiva del frame) o Karma Police, de Radiohead , en el incómodo y fascinante Rabbit in your headlight, de UNKLE, el inquietante Live with me, de Massive Attack o el inocente pero brillantemente perturbador Song for the lovers, de Richard Ashcroft, que es capaz de generar suspense sin más medios que una habitación de hotel y el uso inteligente del espacio dentro y fuera de campo.

Tanto como director de videoclips, como director de spots publicitario, fue reconocido con importantes premios ( Silver, MVPA, Gold) y algunos de sus anuncios, especialmente el Surfer para Guinness fue considerado por el Channel 4 inglés ( patrocinado por The Sunday Times) como el mejor spot de la historia de la televisión. Desde luego el anuncio no tiene desperdicio.



Tras el reconocimiento le llegó la posibilidad de iniciarse en lo que desde un principio buscaba, dirigir un largometraje. Empezó su aventura con Sexy Beast, una discreta película de gansters londinenses que contó con la presencia de Ben Kingsley y Ray Winstone. La película fue seleccionada en el festival de Sundance y en San Sebastián. En ella se puede apreciar su marca de autor, estilo que desarrollaría mucho más profundamente en su segunda película, Birth.


La película pasó ciertamente desapercibida, pese a contar con la presencia de una Nicole Kidman con el mismo corte de pelo que Mia Farrow en Rosemary’s Baby (La semilla del diablo). No sólo comparte el peinado con la cinta de Polansky, sino también la ciudad, Nueva York, y el estilo visual de la generación de los moteros tranquilos y los toros salvajes. Al igual que en Eyes Wide Shut, una familia de clase alta neoyorkina se encuentra con un elemento que desajusta su realidad. En este caso un niño que afirma ser la reencarnación del difunto marido de la protagonista. Glazer, en un deliberado ejercicio de estilo, intenta por momentos con gran éxito, imitar al maestro Kubrick con la utilización de largos planos secuencia, expresivos travellings y planos abiertos o algunos primeros planos que cuentan más que películas enteras, como el larguísimo ( dos minutos) primer plano de Nicole Kidman en la butaca de la opera. La película es muy interesante, arriesgada, como toda la obra de Jonathan Glazer, que toca un tema peliagudo y dificil de tratar por lo inverosimil que resulta a una buena parte de la población. Lástima que el desenlace de la película, sea menos explosivo de los deseable. Una última curiosidad, uno de los co-autores del guión es Jean Claude Carriere, responsable de los textos de algunas obras maestras de nuestro Luis Buñuel como Belle de Jour, El discreto encanto de la burguesía o Ese oscuro objeto del deseo.


Imprescindible hacerse con el (brillante iniciativa) dvd recopilatorio Work of director: Jonathan Glazer, también disponible de otros interesantes directores de videoclips como los citados Jonze, Gondry, Cunningham u otros como Mark Romanek, Anton Corbijn y Stephane Sednaoui.

Disfruta de:

Videoclips

Street Spirit, de Radiohead
A song for the lovers, de Richard Ashcroft
Virtual Insanity, de Jamiroquai
Karmacoma, de Massive Attack
Karma Police, de Radiohead
Live with me, de Massive Attack

Spots

Surfer, para Guinness
Odyssey, para Levi's
Paint, para Sony
Dreamer, para Guinness
Kung-fu, para Levi's
The last wishes of a Dying man, para Stella Artois

Artículo de David Boscá

20 de marzo de 2010

Maldito Richardson




Cuando vi Inglorious Basterds, de Quentin Tarantino, lo primero que llamó mi atención del largometraje fue la perfección del acabado estético de cada uno de sus planos, el cuidado con el que el director había trabajado cada toma para mostrarnos su ‘gran obra maestra’, en boca del teniente Aldo Raine (Brad Pitt), en la última línea del guión. Pues bien, uno de los responsables de dicho esteticismo es el director de fotografía Robert Richardson.





Richardson basa su estilo de iluminación en una propuesta cercana al pictoralismo y al contraste extremo en las altas luces. Uno de sus accesorios indispensables a la hora de fotografiar planos cercanos a la pintura es la serie de filtros de difusión de cámara Promist, los cuales proporcionan a la imagen un suavizado en los contornos y un efecto halo en las altas luces, tal y como apreciamos en el siguiente fotograma. En la misma imagen observamos también como Richardson ejecuta el llamado ‘wrapping’, consistente en envolver al personaje con una luz suave desde el contraluz hacia el lateral, potenciando la sombra hacia cámara. Richardson también usa aquí el rebote del contraluz sobre el vestido rojo de Shosanna (Melanie Laurent) para iluminar su cara.

Otra de las señas de identidad de la factoría Richardson es el uso del rebote de fuertes haces de luz en le mobiliario de la escena. El siguiente fotograma deja patente la ejecución de esta técnica, a la vez que contribuye al dramatismo y suspense creciente de la escena.

Richardson conoce el papel narrador indispensable que desempeña la cinematografía en un filme, y es por esta razón por la que varía los esquemas de iluminación a medida que avanza la acción en la escena.
Un claro ejemplo de la evolución de estos esquemas
supeditados al desarrollo de la secuencia la vemos en los dos fotogramas siguientes.

Otras películas de Robert Richardson:

JFK de Oliver Stone (1991)
Natural born killers de Oliver Stone (1994)
Casino de Martin Scorsese (1995)
Kill Bill: vol.1 (2003) y Kill Bill: vol.2 (2004) de Quentin Tarantino
Shutter Island de Martin Scorsese (2010)


Artículo de David Aliaga

19 de marzo de 2010

Una celda vacía en Shutter Island




“La irremediable lucha por la identidad, me mantiene cuerdo en este mundo de locos”
Marcos Ponce de León

Verano de 1954. Los agentes judiciales Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo) son destinados a una remota isla del puerto de Boston para investigar la desaparición de una peligrosa asesina (Emily Mortimer) recluida en el hospital psiquiátrico Ashecliffe, un centro penitenciario para criminales perturbados dirigido por el siniestro doctor John Cawley (Ben Kingsley). Pronto descubrirán que el centro guarda muchos secretos, y que la isla esconde algo más peligroso que los pacientes... (Filmaffinity).

La película de Scorsese me ha decepcionado, y me explico. Después de disfrutar ( sufrir) con dos grandes películas como Mystic River, de Clint Eastwood y Adiós, pequeña adiós, de Ben Affleck, ambas adaptaciones de la novela de Dennis Lehane, creía que Scorsese, al igual que sus predecesores iba a sacar lo mejor de este autor, realizando una magnífica versión. De hecho, lo hace, firmando una buena película, motivo por el cual pienso que la novela es la que no está a la altura. Por otro lado las referencias del director neoyorkino para Shutter Island eran interesantísimas, agitando con la coctelera el mejor cine de terror de serie B producidas por Val Lewton (La mujer pantera, de Jacques Tourneur o Isle of dead , de Mark Robson) las cintas más claustrofóbicas de la época Weimar (el propio Scorsese hablaba de la presencia de El gabinete del doctor Caligari), los problemas de identidad del mejor cine negro (ejemplo clarísimo en Laura, de Otto Preminger), dramas policiales como Retorno al pasado, también de Jacques Tourneur, La casa en la sombra, de Nicholas Ray o incluso El Proceso, de Orson Welles, películas que el propio director se encargó de proyectar a su equipo.



Es innegable la cinefilia de Scorsese, lo vemos en cada plano (la fotografía de Robert Richardson también ayuda) , en cada secuencia, pero también es innegable que Shutter Island es posiblemente su película más comercial (por desgracia comparte clichés con los thrillers de los últimos años), cosa extrañísima partiendo de unas influencias tan alejadas del Hollywood convencional. Es una verdadera pena que la mestría del director nacido en Queens no luzca como debería al lado de un guión, argumento (novela) como querais denominarlo, tan convencional, tan mascado (el buen cinéfilo se teme lo peor en el ecuador del metraje) y lo peor de todo, tan poco original (si algo tenían las películas de serie B de los 40 es que eran muy originales) a estas alturas de la historia del cine.


Ahora bien, Shutter Island no por ello deja de ser un muy buen thriller de terror psicológico moldeado con forma de pesadilla, donde la realidad se entremezcla con lo onírico, con lo vivido, con lo irreal. Scorsese propone introducirnos en la cabeza de Teddy Daniels (Leonardo di Caprio) con todas sus consecuencias, participar activamente en la investigación del Marshall, mientras vamos conociendo sus miedos, los sentimientos de culpa que le azotan ( es evidente la conexión con el personaje de Dolores con Hari en Solaris y la interpretación que Teddy hace de ella). La película no baja el ritmo en ningún momento, la tensión y el suspense van en aumento, como en las buenas películas, en parte gracias a los inesperados giros de guión, la habilidosa dirección de Martin Scorsese y el saber hacer de la montadora Thelma Schoonmaker, siempre presente en la filmografía del director.


El espectador, confundido (como el propio protagonista) por los flashbacks, por el incuestionable aroma sinestro que desprende la película desde su fantástico arranque, por la dureza de los tratamientos psiquiátricos tan populares en el siglo XIX, por las pistas que Shutter Island va dejando a los más avispados, espera al igual que Teddy encontrarse con la demencia del ser humano, con el terror más absoluto que se esconde tras las escaleras del faro. El inalcanzable faro, donde sin duda reside toda la verdad.


Las referencias:

El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene (1920)
La mujer pantera, de Jacques Tourneur (1942)
Yo anduve con un zombie,de Jacques Tourneur (1943)
The Seventh Victim, de Mark Robson (1943)
Laura, de Otto Preminger (1944)
Isle of dead, de Mark Robson (1945)
Retorno al pasado (1947)
Crossfire, de Edward Dmytryk (1947)
Jennie, de William Dieterle (1948)
La casa en la sombra, de Nicholas Ray (1952)
Labios sellados, de Karl Malden (1957)
Vértigo, de Alfred Hitchcock (1958)
Suspense, de Jack Clayton (1961)
El proceso, de Orson Welles (1962)
Corredor sin retorno, de Samuel Fuller (1963)
La casa encantada, de Robert Wise (1963)
Titicut Follies, de Frederick Wiseman (1967)


Artículo de David Boscá

18 de marzo de 2010

Recordando Quiet Man en Innisfree




Algunos de vosotros ya conoceréis a José Luís Guerín (Barcelona, 1960), pero me temo que la mayoría de la gente desconoce a este cineasta tan adorado por las minorias. José Luís Guerín es actualmente uno de los mejores realizadores de documentales que ha parido nuestra patria, y cuando digo de documentales no me refiero a los de naturaleza (que no los desprecio), sino a los cinematográficos, a aquellas películas que tienen por finalidad capturar la realidad tal cual es (aquí podemos discutir mucho) y que nos llegan al alma, no sólo por la historia que cuenta sino porque nos hace reflexionar, encontrar una lectura oculta bajo un texto muy personal.

Conocí su obra gracias a J.Pavía, quien en clase nos habló de En Construcción, quizás su película más conocida por las masas. Así que, al igual que hacía con todas las películas que nos nombraban en clase, saqué tiempo para visionarla. Recuerdo que me produjo una extraña sensación ya que por aquel entonces yo estaba muy poco familiarizado con el cine de autor francés. Digo esto porque Guerín ha mamado hasta la saciedad este cine, y para mi, es uno de los mayores catalizadores del cine francés y europeo en nuestro país, en el que disfrutar de esta estética y narrativa es cada vez más difícil (véase el film Lo que sé de Lola de Javier Rebollo).


Desde entonces siempre que he oído hablar de documentales ha aparecido el nombre de Guerín por algún lado, lo que me hacía sentir un paleto por no conocer su obra, y más paleto aún por trabajar en el mundo audiovisual. El problema, y no es excusa, es que sus obras nunca han sido fáciles de encontrar. Si no recuerdo mal conseguí Tren de Sombras por la red; una copia mal pasada, en baja calidad, con audio pésimo y subtitulada en portugués (por lo menos...). Afortunadamente el director barcelonés ha cedido y sus documentales (al menos tres) acaban de ser editados por Versus. Se trata de una caja con cuatro discos que contienen Innisfree, Tren de Sombras y Unas fotos en la Ciudad de Sylvia; además la edición contiene un libro de 64 páginas y un disco con entrevistas y extras. Imprescindible.



El caso es que hace un mes me compré esta edición ya que necesito tener muchas referencias para el trabajo, así que por qué no empezar por el producto nacional. Habiendo visto ya En Construcción quería empezar por el primer disco Innisfree. En esta película Guerín viaja a Irlanda en busca del pueblo de dicho nombre donde se desarrolla la historia de The Quiet Man (John Ford, 1952). Así que decidí ver las dos seguidas. Innisfree es, sin lugar a dudas, el mejor homenaje que se la he podido hacer a la película de Ford. En el documental (que se permite algunas licencias de dramatización) Guerín nos muestra la vida en el pueblo en el que se rodaron los exteriores del film, así como la huella tan honda que ha dejado esta experiencia. Pero Innisfree no existe, el nombre hace referencia a Irlanda (Isla Libre) y se asocia a lo puramente irlandés (el mérito se le atribuye al poeta William Butler Yeats).


Sobre el documental de Guerín me gustaría señalar varias cosas. La primera es su estilo, heredero del cine francés y de su maestro Víctor Erice. La segunda es la narratividad de esta película. El director no se ciñe al documental de estilo directo, sino que le suma a esto una serie de dramatizaciones (en mi opinión y me gustaría descubrir que estoy equivocado en algunas) muy personales que ayudan a comprender mejor lo que el autor desea contar. Como es el caso del personaje de la chica pelirroja que regresa al pueblo después de vivir en EEUU (referencia al personaje de John Wayne), así como los amantes que pasean juntos y actúan como los protagonistas del film predecesor. También crea ciertas situaciones como los hermanos que hablan en gaélico, las canciones que se cantan por el pueblo, los niños que cuentan al detalle la película de Ford (para mi que está ensayado). Sin embargo, a parte de la manipulación de autoría, consigue mostrarnos como un pueblo entero recuerda el día (sobre todo los pocos mayores que siguen vivos) en el que el director de Las Uvas de la Ira volvió a su Irlanda natal para hacer una película que llevaba planeando desde los años treinta. Hay, en el film de Guerín, una frase que dice uno de los entrevistados que acontinuación transcribo de memoria "a pesar de haber nacido después (...) guardo el recuerdo que me transmitieron mis padres". Creo que esta frase resume muy bien aquello que se nos muestra en Innisfree.


Aunque nunca he sido admirador de Guerín, creo que su trabajo es lo mejor que se está haciendo ahora mismo en el terrerno nacional de documental cinematográfico. Para mi su filmografía es fundamental para conocer a uno de los directores de cine más personales. Un ejemplo a seguir.

Otras películas de Guerín que espero comentar algún día:

Tren de sombras (1997)
En construcción (2001)
En la ciudad de Sylvia (2007)


Artículo de Rubén S. Ferrer

12 de marzo de 2010

Dime que me quieres antes del amanecer




Cuantos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez que hubiera pasado si hubiera bajado de ese metro, si hubiera subido a ese tren, si hubiera dicho “hola”, si hubiera marcado ese número de teléfono. Si hubiera…

Antes del amanecer es una película redonda. Con sus defectos, como la vida misma, pero redonda. Es un relato de un día cualquiera, que empieza en un tren cualquiera, en un país europeo. La historia de un encuentro de dos jóvenes, un americano ( Ethan Hawke) y una francesa ( Julie Delpy) que se conocen por casualidad ( ¿o nada es casual en esta vida?) y, deciden pasar un intenso día juntos antes de retomar sus diferentes vidas.

Richard Linklater, uno de los más interesantes cineastas de la generación de los noventa, cuenta la historia de forma muy inteligente. Por momentos a tiempo real, con larguísimos planos secuencia, con esos diálogos con chispa que escuchamos cada día y nos es tan difícil poner por escrito, con esas miradas complices de dos personajes que saben que están hechos el uno para el otro y son conscientes de que nada es sencillo. Planifica la película de forma natural, orgánica, sin nada que nos descentre de los protagonistas, haciéndonos partícipes de esa historia de amor, pensando que lo hemos vivido o lo quisieramos haber vivido. Escuchamos nuestras pulsaciones. Sonreimos.



Jesse es escéptico, no cree en lo que no puede ver, aunque es verdad que cuando era pequeño vió al espíritu de su abuela que se despedía de la vida. Céline, por otro lado es soñadora, optimista y cree que lo que una viaja gitana le cuenta va a hacerse realidad. Esta diferencia no impide ( si no todo lo contrario) que ambos se desnuden ante nosotros y ante ellos mismos, especialmente en la escena ( ¿escena? ) de las falsas llamadas telefónicas, tan real y emocionante.


Como en cualquier conversación interesante, todo cabe, la religión, la filosofía, el sexo, los acertijos, los traumas infantiles, los antiguos amores, el futuro, el arte, la literatura y por supuesto esas banalidades mágicas, esa palabrería sin sentido, que oculta los verdaderos sentimientos que podemos ver en los ojos de la otra persona.

Una película romántica preciosa, heredera del espíritu de la Nouvelle Vague, del cine de Eric Rohmer, pero en clave Pop, con ese toque Indie ( que no pedante) del cine norteamericano de los 90, que tan bien ha sabido reflejar en su filmografía Richard Linklater.


Artículo de David Boscá

6 de marzo de 2010

Oscar 2010: Un tipo serio




La historia transcurre en 1967 y se centra en Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), un profesor de física del medio-oeste americano que ve cómo su vida comienza a derrumbarse. Larry es un hombre bueno; un marido fiel y afectuoso, un padre entregado y un profesor serio, siempre justo y correcto, a pesar de las tentaciones diarias que le acechan. Pero un buen día, todo empieza a ir mal. Su mujer le deja sin explicarle realmente por qué, y su insoportable amante (de ella) convence a Larry de que debe dejar el domicilio conyugal por el bien de los niños y mudarse a un motel. De pronto, la carrera de Larry se ve amenazada por una serie de anónimos en los que le acusan de traiciones sin concretar nada. A pesar de tantas desgracias, es imposible no reírse de la mala suerte de Larry en un mundo que quizá nos sea demasiado familiar...
(FILMAFFINITY)

Tras el surrealismo de su última película, Burn After Reading, los Coen vuelven con una obra maestra, eso sí, dentro del estilo y la dinámica que están llevando en sus últimas películas. La historia que nos cuentan en A Serious Man, tiene mucho de comedia absurda, de tragedia griega, y todo con unas referencias kafkianas sobre el sentido de la vida y el peso de la religión. Como se observa unos temas profundos que cualquier otro director hubiera convertido en una tragedia, o en una comedia disparatada, sin embargo los Coen logran una combinación perfecta entre estos elementos y consiguen parir una obra magistralmente personal.


Quizás lo que más le sorprende al espectador es saber de qué demonios trata una película en la que los acontecimientos son pequeños detonadores que minan las vidas de los personajes. El film arranca con un cuento yiddish sobre la vida y la muerte. Con esta historia los Coen nos resumen brevemente, y a su manera, que veremos a continuación. Para situarnos en la época lo hacemos a través del éxito de Jefferson Airplane, Somebody To Love. Estamos en el verano del amor, una época convulsa en los Estados Unidos. Sin embargo nada aparece de esto en la ciudad de Larry Gopnik, el buen hombre, el tipo serio, la persona que se guía por la norma de el Dios. A pesar de cumplir las leyes del judaísmo parece que Dios le pone a prueba constantemente. La infidelidad de su mujer, la tentación de la carne en el cuerpo de su vecina, la envidia, los celos, el sentimiento de culpa, y toda una serie de acontecimientos que terminan por hacerle cambiar. El colmo llega cuando, asustado por el ritmo que esta tomando su vida, acude en busca de asesoramiento espiritual. Allí los rabinos poco atienden a sus necesidades y se pasan el caso de uno a otro. Larry, profundamente deprimido, decide llevar las cosas de la mejor manera posible.



Del nuevo film de los Coen me gustaría destacar cuatro aspectos. El guión en primer lugar. No estamos acostumbrados a ver este tipo de historias, ya que necesitamos pensar en ellas, meditarlas y luego verlas de nuevo. Es en el segundo visionado cuando atamos cabos, cuando vivimos en la piel de Larry, todo un héroe. En segundo lugar me gustaría remarcar el trabajo de los actores, sobre todo el de Michael Stuhlbarg, quien apenas a trabajado en televisión y cine. Aquí reside un pilar de la película, ya que al trabajar con actores poco conocidos nos involucramos más en film. En tercer lugar destacaría el trabajo de fotografía de Roger Deakins (Revolutionary Road, Big Lebowsky, Kundun) por la luz y los encuadres que utiliza, dándole a la película una estilo muy de acorde con el guión. Y por último, comentar la banda sonora de Carter Burdwell (In Brugues, Adaptation, Three Kings), con unas piezas desconcertantes pero que sin embargo dejan ver algo de claridad en sus notas.


A Seriuos Man es la película más extraña de los Coen, pero a su vez la más personal desde que perfeccionaron su estilo con No Country For Old Man. Es posible que no gane ningún Oscar a las que está nominada, mejor película y mejor guión original. Nunca se sabe, pero de lo que estoy seguro es que si estuviéramos en el universo Coen, y su personaje, un guionista serio, retraído y buena persona, estuviera nominado al mejor guión seguro que se lo llevaría su rival, un hombre arrogante que una vez escuchó una idea de personaje principal, la copió, la convirtió en guión malo y ganó el Oscar. Así es la vida, así son los Coen.


Artículo de Rubén Soler

5 de marzo de 2010

Ahora entiendo a las cabras




The Men Who Stare At Goats (2009), de Grant Heslov

La historia gira en torno a Bob Wilton (Ewan McGregor), un reportero enviado a Irak que podría conseguir la historia de su vida cuando conoce a Lyn Cassady (George Clooney), un hombre que asegura ser un soldado psíquico, entrenado por el ejército de los EE.UU. para usar su mente como un arma. El creador de este revolucionario programa que podría cambiar el modo en que se libran las guerras es Bill Django (Jeff Bridges), pero resulta que está desaparecido. La misión de Cassady será encontrarlo. (FILMAFFINITY)

Y de esto trata el film dirigido por el actor Grant Helsov. El best-seller de Jon Ronson, en el que se basa la película, cuenta los despropósitos del ejército de Estados Unidos por intentar desarrollar técnicas sobrenaturales que usen sus soldados en el campo de batalla. La premisa, a simple vista, es el caldo de cultivo perfecto para una buena comedia ochentera. Sin embargo tengo la sensación, después de haber visto la película, de que el guionista Peter Straughan, no ha estado acertado. Ojo, no digo que sea un mal guión, sino que los recursos que ha utilizado el guionista para adaptar esta película no han sido los mejores. ¿Por qué? Porque las referencias al cine de los Coen están muy vigentes, y sólo los hermanos Coen pueden hacer una película con su estilo, ya que es suyo. Además el nivel de humor absurdo llega a ser tan alto y tan mal hilvanado que el espectador termina por aburrirse a mitad de película.



La película tiene varios puntos atractivos. Desde luego la temática lo es pero el elenco de actores lo es aún más. Encontrarnos viendo a Clooney como soldado con poderes psíquicos, a Ewan McGregor escuchando teorías sobre yedi’s después de haber interpretado a uno, a Jeff Brigdes siendo un soldado convertido en un hippie pero a la vez siguiendo de servicio, o a Kevin Spacey en el enemigo de este último, un militar traidor con ansias de protagonismo. Si tomamos por una parte a los actores y por otra la trama conseguimos un pastiche extraño como la historia que representan, algo raro, con muy poco sentido, con interpretaciones absurdas, con situaciones tan tontas que resultan estúpidas en muchas ocasiones.


En la comedia hay dos bases para la creación de tramas humorísticas, la primera es poner al personaje principal en un entorno extraño, y la segunda colocar un personaje extraño en un entorno normal. Sin embargo en el filme de Helsov no ocurre esto. Nos encontramos con un conjunto de tarados, actuando como tarados en un entorno demasiado extraño. En la historia, quien debería hacernos de nexo es McGregor, pero su personaje también tiene algo de extraño tal y como vemos al principio, además termina siendo absorbido por los demás personajes. Quizás, si en lugar de ser un periodista freak, engañado por su esposa y con ganas de convertirse en un periodista reconocido, hubieran escogido a un periodista serio y riguroso creo que hubiera encajado mucho mejor. Eso no quita que se produzcan situaciones divertidas y absurdas con las que uno se sonríe. Pero esto se convierte en una anécdota si pensamos en lo que hubiera podido ser este film.


The Men Who Stare At Goats es una película divertida pero fallida. Te hará pasar un buen rato, pero si al final caes de la butaca o bien del sofá y no entiendes que ha pasado piensa en nuestro blog Alnorteporelnoroeste, porque quien te escribe estas lineas te está advirtiendo, no vaya a ser que pierdas la consciencia a partir de la mitad de la película.

Otras películas con ambientes bélicos cómicos:

M*A*S*H (1970, Robert Altman)
Stripes (1981, Ivan Reitman)
Three Kings (1999, David O. Russell)
X-Files (TV), por aquello de los soldados y los experimentos psíquicos del ejército norteamericano.

Artículo de Rubén S. Ferrer

4 de marzo de 2010

Oscar 2010: The Hurt Locker




Irak. En aproximadamente un mes el sargento Matt Thompson, de la unidad EOD, estará en casa con su familia. Pero el destino es incierto, y en una jornada de trabajo, mientras se encuentran desactivando una bomba muere en servicio. Así es como llega el sargento de primera clase William James, convirtiéndose en el líder del equipo Explosive Ordinance Disposal (Equipo de Detección de Explosivos) del ejército de los EU. Junto a sus compañeros, el sargento J.T. Sanborn y el especialista Owen Eldridge, irán desactivando las bombas ocultas que se encuentran en territorio hostil. En el día a día Sanborn y Eldrigde descubrirán que James no es una persona normal, sino alguien que necesita la adrenalina y la sensación de que puede morir en cualquier momento.

La película En Tierra Hostil, así la conocemos en nuestro país y por supuesto no tiene que ver con la trama (no traduzco el título porque hace referencia a un acontecimiento clave), ha sido una de las aclamadas a lo largo de este pasado 2009 y lo que llevamos del 2010. Dirigida por Katheryn Bigelow, exitosa realizadora de blockbusters de la talla de Le llamaban Bodhy, Días Extraños y K-19, con una maestría impresionante. Su labor se ve gratamente acompañada por el trabajo del director de fotografía Barry Ackoyd y del guionista Mark Boal. Los tres ganadores de premios BAFTA junto al montaje, sonido y película.


El guión de Mark Boal, está basado en las experiencias que vivió como periodista independiente durante la guerra de Irak. Aunque en The Hurt Locker los personajes y el argumento son ficticios la inspiración y los hechos que en ella aparecen son reales, transcritos directamente desde la realidad más cruda. Y aunque esto sea una aproximación al documental (además del estilo que le imprenta Bigelow) la historia flojea al verse claramente su estructura ya que refleja el día a día del escuadrón. Por esta razón a mitad de película el ritmo y la tensión de las primeras secuencias se reduce, volviéndose monótono, y previsible. Quizás se echa de menos conocer las inquietudes del personaje principal, aunque esto lo descubrimos casi hacia el final cuando después de haber prestado el servicio debe volver a casa. Y es que el contrapunto de la película lo descubrimos cuando el sargento James entra en un supermercado a comprar. Allí el mundo se le viene encima, y la familia se convierte en algo que carece de interés. James descubre que necesita la violencia, la guerra y la muerte para seguir adelante.



Si The Hurt Locker es un referente creo que deberíamos mencionar la excepcional miniserie Generation Kill, producida por la HBO. A lo largo de siete capítulos, de una hora de duración, se nos cuentan las experiencias reales de Evan Wright, un reportero que acompañó al Primer Batallón del Cuerpo de Marines de Estados Unidos durante la Guerra de Irak en el 2003. No tan cercana al documental, como creo que es The Hurt Locker, en ella sí que tenemos un guión mucho más solido y visceral. Sin música, más que la que suenan en los vehículos, acompañamos en todas sus salidas al Primer Batallón, consiguiendo así, con pocos recursos cinematográficos, convivir con estos soldados, gente que puede ver la guerra como su trabajo mientras que algunos la entienden como si de un juego de consola de tratara.


Finalmente quiero apuntar que The Hurt Locker será una delicia para todos aquellos que les guste el cine bélico, los personajes trastornados por la guerra, los amantes de la alta tensión, y sobre todo a los que sientan pasión por los documentales, porque si algo tiene de bueno este film, aparentemente independiente, es que con gran maestría nos adentra en la vida de estos soldados, personas que algún día dejaron su familia para combatir por su país.


Artículo de Rubén S. Ferrer