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8 de abril de 2010

La distopía del código 46




"Si una pareja tiene compatibilidad genética igual o superior al 25%, no podrá relacionarse sexualmente ni concebir prole. De hacerlo, el feto deberá ser inmediatamente eliminado y ambos sufrirán prisión, o exilio".

Código 46

Shanghai, en el futuro. Un futuro donde los recuerdos pueden ser borrados y los peligros pueden predecirse. William (Tim Robbins) es enviado a dicha ciudad para investigar un fraude en la compañía de seguros Sphinx. William tiene un virus que le permite leer las mentes de las personas. Maria (Samantha Morton) trabaja en Sphinx creando "papelles", un documento del seguro indispensable para que la gente pueda hacer cualquier cosa. María es la persona que está cometiendo el fraude, vendiendo "papelles" falsos a la gente a la que Sphinx rechaza asegurar. Williams descubre que Maria es culpable y que debe ser entregada a las autoridades, pero se enamora de ella. (FILMAFFINITY)

Desde la aparición de la ciencia ficción en la literatura, algunos autores de la talla de Crl Sagan o Isaak Asimov señalan a Somnium (1623) de Johannes Kepler como el primer relato, y Frankenstein de Mary Shelley como el primer punto y aparte, ha ido creciendo temáticamente con el paso de los años. Al siglo XIX se le debe en gran parte el concepto de anticipación, y dos de los más grandes autores decimonónicos de la novela de aventuras, H.G. Wells y Julio Verne. Tras unos cuantos años dorados empieza a germinarse lo que será denominada la ciencia-ficción dura (hard) en la que autores como Arthur C. Clark o Isaak Asimov barajan complejos argumentos científicos para hacer todavía más creíbles sus historias, serían sin embargo los rusos y otros autores del este los que combinarían con mayor puntería estos argumentos duros con la reflexión y la introspección explorando temas filosóficos. Es el caso por ejemplo de Stanislav Lem y su modernísima Solaris (1961). En paralelo llegaron autores como Orwell o Huxley con sus pesimistas relatos que condicionarian la literatura posterior. A partir de los años 80 y en plena eferverscencia de la informática, empezaron a germinar los nuevos género cyberpunk, el steampunk o el biopunk, centrado este último en los grandes avances de la biotecnología y reflejado magistralmente en la película Gattaca, de Andrew Niccol (1997).



No es casualidad que haya empezado mi discurso con Carl Sagan y haya cerrado el párrafo anterior con Gattaca, ya que la película de Michael Winterbottom, muy deudora del film de Niccol recorre hábilmente en ocasiones, torpemente en otros momentos, el abanico de posibilidades temáticas de la ciencia-ficción universal.


Plantea como eje básico argumental la distopía, o lo que es lo mismo la utopia perversa, una sociedad ficitica que dista enormemente de lo que entenderíamos por perfecta. Al igual que Gattaca, retoma el problema genético y lo convierte en un (por no decir el peor) enemigo de la humanidad, que condicionará implacablemente el destino trágico de los ciudadanos. La globalización extrema (reflejada incluso en el lenguaje) con sus catastróficas consecuencias no es más que la evolución democrática del universo orwelliano al que, desgraciadamente, nos embarcamos prácticamente sin despeinarnos.

Las comparaciones con Blade Runner, de Ridley Scott (1982), Eternal Sunshine of the Spotless Mind , de Michel Gondry (2004,estrenada un año después) o Lost in Translation, Sofia Coppola (2003, del mismo año) son inevitables. Una vez más el caprichoso destino se encargó de agrupar cintas tan similares en un periodo tan corto de tiempo.


No son pocos los que han tildado a Código 46 de fría, pedante y aburrida, con mayor o menor acierto. No cabe duda de que el film ofrece una mirada aséptica, quizá demasiado desapasionada pero justificada, sin lugar a dudas, por la historia de Frank Cottrell Boyce. Winterbottom lleva lo más lejos que puede su estilo visual en clave de esta percepción aséptica, y lo consigue, en parte por la preciosista fotografía de A.H. Kuchler y Marcel Zyskind y la fantástica elección de Stephen Hilton y David Holmes para la composición musical que consigue embriagar al espectador y dirigirlo prácticamente hacia un estado de hipnosis (siempre consciente y voluntaria) visual, paradójicamente onírico en esta apática sociedad, construido con una inteligente sobreexposición de la fotografía. A diferencia del film de Coppola, aquí las luces de Shanghai o los rascacielos de Dubai ejercen como laberintos tecnológicos que deshumanizan todavía más al ser humano y potencian, de la misma manera que Lost in Traslation, la fuerza del amor y la supremacía de la condición humana frente a las diversidades.


Es una lástima que la puesta en escena en lugar de servir de herramienta al relato se anteponga a todo, restando credibilidad y fuerza a lo que tiene que primar por encima de todo: la historia. Dudo si era el objetivo último del director, aturdir al espectador y llevarlo a este terreno irreal ( de la misma forma que Won Kar-Wai) , donde, al igual que en los sueños, los acontecimientos transcurren sin atender, en ocasiones, a razón alguna.

La distopía hecha cine:

Fahrenheit 451 (1966), de François Truffaut
El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner
THX 1138 (1971), de George Lucas
La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick
El proceso (1972), de Orson Welles
Soylent Green (1973), de Richard Fleischer
La fuga de Logan (1976), de Michael Anderson
Escape from New York (1981), de John Carpenter
Blade Runner (1982), de Ridley Scott
1984 (1984), de Michael Radford
Brazil (1985),de Terry Gilliam
Akira (1988), de Katsuhiro Ôtomo
Doce monos (1995), de Terry Gilliam
Días Extraños (1995), de Katrhryn Bigelow
Gattaca (1997), de Andrew Niccol
The Matrix (1999), de los hermanos Wachowsky
Equilibrium (2002), de Kurt Wimmer
Hijos de los hombres (2006), de Alfonso Cuarón
A Scanner Darkly (2006), de Richard Linklater
The road (2009), de John Hillcoat

Artículo de David Boscá

29 de marzo de 2010

Juego mortal en la Italia futurista de los sesenta




La Decima Vittima (1965, Elio Petri)

Tras terminar mi artículo de Fellini 8 1/2 me puse a revisar la filmografía de Marcello Mastroainni, un auténtico galán y uno de los mejores actores que ha parido el cine italiano. De entre todas las películas de los sesenta me llamó la atención este film de 1965 por ser ciencia ficción y por compartir cartel con la sex-symbol del momento, Úrsula Andress.

En un futuro muy lejano nace un deporte conocido como “La Gran Cacería”. Consiste en convertirse en víctima y cazador, según indique el Ministerio de la Caza, y por lo tanto la persona designada como cazador debe eliminar a su víctima, la cual puede matar a su cazador. El número de veces que pueden participar está limitado a diez. Quien sobreviva conseguirá ser laureado como un auténtico atleta, además estará recompensado con una cuantiosa suma de dinero.

Marcello Polletti (Marcello Mastroianni), un reputado cazador, es designado por la máquina del Ministerio como víctima. Su cazadora, como podemos imaginar, es la espectacular Úrsula Andress, en el papel de la norteamericana Caroline Meredith. Durante la persecución ambos personajes establecen un juego de seducción que les llevará poco a poco a enamorarse. Sin embargo esta relación se verá interrumpida por la situación amorosa de Marcello, en pleno trámite de separación y con una amante que quiere casarse con él. Caroline, conocedora de la situación, y con gran interés por conseguir a su víctima, hará todo lo posible por atraparlo entre sus brazos.



La película de Elio Petri, basada en un relato corto del escritor de ciencia ficción de Robert Sheckley, se ha convertido, con el paso de los años, en un referente. En primer lugar porque dio origen a ese subgénero que podríamos denominar “de cacería”, en la que víctimas y ejecutores se persiguen con tal de conseguir sus objetivos, matar/escapar, los cuales siempre están relacionados con la victoria y la libertad. Al citar este subgénero nos vienen a la mente varias películas, entre ellas The Running Man (1987, Paul Michael Glaser) basada en una historia de Stephen King (podemos hablar de plagio tranquilamente). Respecto a su trascendencia me gustaría añadir que las fembots de Austin Powers están sacadas directamente de esta película, concretamente del baile de Úrsula en un club, donde asesina a su víctima disparando dos balas que salen de su minúsculo y brillante bikini.


La Víctima Número 10 también es un referente de la ciencia ficción. Rodada en los años en los que este género se encontraba en plena expansión, cuando las historias se habían alejado de los monstruos, de los seres atómicos y de otros planetas, para empezar a viajar hacia universos inimaginables (ya fueran internos o externos). Al mismo tiempo el futuro se convertía en un contexto de lo más suculento, un auténtico caldo de cultivo para historias increíbles. La película de Petri está considerada, junto a la Barbarella de Vadim, como una pieza de ciencia ficción kitsch europea. Una auténtica joya de la cultura pop en las que encontramos referencias a cómics clásicos, cámaras de Súper-8, decorados compuestos por imágenes estereoscopias, guateques, mini faldas, cuellos mao, decorados minimalistas, pantalones de pitillo, etc. Iconos que hoy en día están de moda y altamente cotizados por ese sector pijo que dice “pero mira que retro”.

Por último quería añadir que en la historia de Petri encontramos no sólo ciencia ficción y cacerías de humanos. Este film italiano tiene un toque a la comedia de enredo que he comentado en otros artículos. Contiene elementos de la comedia de enredo, de la comedia dell’arte y del cine neorrealista. No sólo vemos el típico lío de faltas del macho italiano y el carácter de las mujeres italianas; también se deja ver el peso de la religión y la familia en el personaje de Marcello y la libertad sexual en el de Caroline. En el film hay una escena en la que ambos personajes comparan su forma de ver el matrimonio, él como un acto de amor que debe pasar por la iglesia, y ella como una formalidad más. Estos abismos culturales confluyen en un final sorprendente y surrealista.

La Decima Vittima, un film retro de culto y altamente kistch, que cumplirá las expectativas de los amantes del cómic, de la ciencia ficción y de las bandas sonaras beat, ésta compuesta por Piero Piccioni.

Otras películas del subgénero “corre, corre que te pillo”:


Rollerball (1975, Norman Jewison)
Death Race 2000 (1975, Paul Bertel)
Le Prix Du Danger (1982, Yves Boisset)
The Running Man (1987, Paul Michael Glaser)
Battle Royale (2001, Kinji Fukasaku)
The Condemned (2007, Scott Wiper)


Artículo de Rubén S. Ferrer

27 de marzo de 2010

La playa del fin del mundo




On the beach (1959), de Stanley Kramer

Un holocausto nuclear ha acabado con prácticamente todos los seres humanos, exceptuando un grupo de personas de Australia. Gregory Peck es el comandante de un submarino que trata de buscar supervivientes, mientras la nube radioactiva, que ya ha destruido el hemisferio norte, se acerca sobre el último enclave humano. (FILMAFFINITY).

El título original de La hora final (On the beach), sin duda hace referencia a esos últimos días que un grupo de norteamericanos puede vivir en tierra firme, en la costa de Melbourne, acostumbrados a vivir debajo del mar. Allí habitan los últimos vestigios de la humanidad, una humanidad desolada, pero al mismo tiempo resignada a un destino inevitable.

On the beach es una película sorprendente. No sorprende especialmente por la temática, Stanley Kramer la rodó una década después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, en plena eferverscencia del pánico nuclear, sino por el tratamiento, y por su compleja sencillez. Toda la película gira en torno a estos personajes y sus esperanzas dispuestas en un submarino que se dispone a comprobar si hay esperanza más allá del océano. Esa es la única trama, la trágica espera de estos ciudadanos por descubrir si su final es inevitable o alberga alguna pequeña ilusión. Por supuesto hay subtramas. El joven teniente Holmes (Anthony Perkins) intenta convencer a su mujer y su bebé tomen una dosis mortal de pastillas para dormir antes de que el virus haga estragos en su organismo, ella, creyente en dios no lo puede consentir. Julian Osborne (Fred Astaire), un científico con sentimiento de culpa al haber formado parte de la investigación nuclear, cuyo último sueño es conducir un Ferrari en una gran carrera o Moira Davidson (Ava Gardner), una atractiva mujer, adicta a la botella y ligerita de cascos que se enamora perdidamente del comandante Dwight Lionel Towers (Gregory Peck), que aún vive anclado en el pasado, intentando negar que su mujer y sus dos hijos no fallecieron mientras el se escondía debajo del mar.




La película, muy reflexiva, especula sobre la capacidad del ser humano de destruirse a sí mismo, sin culpar a ninguna nación más que a la propia humanidad. Se olvida del rigor científico, resumiendo todo en el hecho de alguien pulsara primero un botón y se olvida de algunos detalles importantes como el invierno nuclear con la consiguiente alteración de la vegetación y demás efectos secundarios, pero poco importa. Lo que de verdad cuenta es la situación personal de estos personajes, sus miedos, sus sueños, sus esperanzas.


Por desgracia, On the beach no es una película redonda. Hacia el final de la película, imagino por decisión de algun ejecutivo avispado, tiene lugar la escena del Grand Prix, sin ton ni son, completamente caprichosa añadiendo espectacularidad que no era necesaria. Una vez termina, tiene lugar una pequeña elipsis y nos damos cuenta que nos hemos perdido en la trama, o bien se quedaron escenas en el tintero. Una lástima, porque hasta ese mismo momento Stanley Kramer había conseguido meternos en la piel (pocos años lo volvería a hacer con Vencedores y Vencidos) de cada uno de los personajes, y lo más importante, hacernos partícipe de ese discurso antibelicista que está presente en todo el metraje acompañado con los acordes del "himno" tradicional australiano, Waltzing Matilda.

Una curiosa joyita de ciencia-ficción dramática.

Otras películas apocalípticas (con o sin radiación) :

Five (1951), de Arch Oboler
Last Woman On Earth (1960), de Roger Corman
Los Pájaros (1963), de Alfred Hitchcock
The Last Man on Earth (1964), de Ubaldo Ragona
El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner
Soylent Green (1973), de Richard Fleischer
A boy and his dog (1975), de L.Q. Jones
Quintet (1979), de Robert Altman
Nausicaa del valle del viento (1984), de Hayao Miyazaki
Cuando el viento sopla (1986) , de Jimmy T. Murakami
12 monos (1995), de Terry Gilliam
El incidente (2008), de M. Night Shyamalan
The Road (2009), de John Hillcoat
The book of Eli (2010), de Albert & Allen Hughes





Artículo de David Boscá

22 de febrero de 2010

Oscar 2010 Avatar: La evasión de Avatar




La Cara B

En un programa de televisión el sexagenario director italo-americano, Martin Scorsese, comentaba que Avatar, el último film dirigido por James Cameron, había cambiado el modo de ver el cine. Esto era bueno pero podía poner en peligro que las generaciones de cineastas y público en general perdieran de vista el cine clásico, el cine que no cuenta con tantos millones para contar buenas historias.

El comentario de Scorsese me hizo recordar algunos acontecimientos que fortalecieron el criterio de cine como mero espectáculo, y de que en el fondo mucha gente empezó a verlo como industria. Corrían los años de la Gran Depresión cuando la Universal decidió crear una serie de personajes que ayudarían a la gente a salir de la realidad, a esconderse en las salas de cine donde el paro, el miedo, y la incertidumbre poco tenían de verídicas. Hablo de los Monstruos de la Universal. El primero que inundó la pantalla fue Frankenstein, y más tarde vendrían Dracula, el Hombre Lobo, el monstruo de la laguna negra, y muchos más; generando un circo de criaturas feroces e infernales cuya única función era la de entretener. La evasión estaba servida, y el negocio asegurado. La Universal consiguió beneficiarse con aquella situación sin pensarlo demasiado; la gente lo único que necesitaba era evasión, aunque se gastaran en ella los pocos dólares que tenían en el bolsillo.


Setenta y nueve años después de aquel estreno vivimos una situación muy similar. Los políticos y gobernantes de los distintos países ya no piensan en nosotros, por lo que nos sentimos desamparados ideológicamente hablando. La crisis, creada por los que se encuentran en las cúpulas más altas, ha hecho que vivamos una situación inestable, controvertida y con unas perspectivas inciertas. Todo necesita un cambio, y nuestro medio de expresión, el cine, lo ha encontrado en el 3D. Al igual que ocurrió en 1931 con Frankenstein, la gente está yendo al cine en busca de nuevas experiencias audiovisuales que le distancien de la realidad, aunque no tengan trabajo, aunque el paro se les esté apunto de terminar, y aunque la entrada del cine que le permita ver la proyección en 3D de la copia en alta definición cueste lo mismo de una cena. Los espectadores encuentran el dinero necesario para escapar de esta realidad. No hay más que ver los números de Avatar. ¿Ha batido su record? ¿Ha recaudado más que Lo que el viento se llevó? ¿Y qué más da si lo que ha hechoAvatar es crear un antes y después en la Historia de cine?
Yo fui uno de esos que corrió para ver Avatar, quería comprobar en mis retinas porque se producía este cambio. Lo hice, y los primeros comentarios fueron positivos. Aquel film, dirigido por el hombre que creó Terminator, me sorprendió tanto que mi juicio había quedado “avatarizado”. Sin embargo ha pasado el tiempo, mi mente se ha desapasionado y mi juicio ha vuelto a ser el que era. ¿Es Avatar tan importante? Desde luego que no. ¿Pero ha marcando un antes y después? Puede, pero las películas en 3D llevan haciéndose mucho tiempo, tampoco es nada nuevo.


Sobre Avatar hay mucho escrito, demasiado, por lo que incidiré directamente en aquellos aspectos que más me han llamado la atención. Como persona que trabaja en el sector creo que Avatar a nivel narrativo es una de las peores películas que me he encontrado. Su historia, repetida hasta la saciedad en obras cinematográficas y literarias, por citar algunas conocidas como Pocahontas, El último mohicano, Parque Jurásico, todas ellas lejanas del film de Cameron, pero a la vez muy cercanas. Quizás de quien más cerca esté es la novela corta Call Me Joe, de Poul Anderson. En este texto el protagonista, un parapléjico, que a través de métodos de ciencia futura, consigue contactar con un ser de vida artificial creado precisamente para colonizar Júpiter. Si esto es casualidad que se lo digan a los millones de fans que quieren que se reconozca Avatar como un historia “basada en...”. Es el guión donde vemos el pie del que cojea Avatar, una sencilla historia, prendada de filosofía New Age muy simplificada, que no busca contar nada sino cómo contarlo. ¿Esto es cine? Me defrauda y entristece ver como la historia ha quedado totalmente relegada a la producción y la tecnología. Personajes planos, sin una historia con garra que nos atrape desde el principio, y situaciones simplonas; no se necesita nada más. El resto es disfrute visual, ciencia ficción barata.

El punto fuerte, pero no tanto, del film de Cameron es el uso de la tecnología, sobre lo que hay mucho escrito en la red. Sin embargo el 3D de Avatar no está explotado todo lo que debería. La profundidad de campo de sus escenas es espectacular pero la proximidad de los objetos y las escenas de acción quedan bajo el yugo de la alta calidad. Pocas son las secuencias en las que las tres dimensiones nos atrapan y nos provocan esas sensaciones que vértigo que anhelamos desde que compramos la entrada. Cámaras de alta definición, render en tiempo real, tecnología creada a propósito. Todo hecho para lucir, enseñar, mostrar, entretener, sumergir al espectador en un sueño para que se evada por completo. A través del avatar, en el que entramos usando el 3D en el plano real, conseguimos viajar a Pandora, vivir una aventura fantástica y después volver a nuestra casa con la sensación de pensar “otro mundo es posible, algún día”.


Avatar ha conseguido cambiar el destino del cine, pero no del todo. Sólo se ha hecho con la mitad de su propósito. El rey del mundo no es rey sino uno de sus nobles. Y el destino sigue tan incierto como lo es el uso del 3D en el cine. ¿Durante cuánto tiempo seguirán haciendo películas en este sistema? Ya se han cerrado varias producciones millonarias para hacer cine en 3D, incluso Peter Jackson va a reestrenar su trilogía de Tolkien con esta nueva tecnología. ¿Con qué propósito? ¿Recaudar más dinero o darnos satisfacción para que no nos demos cuenta de lo que pasa?

Y me pregunto ¿dónde queda el cine en todo esto? ¿Dónde están las películas clásicas? ¿Dónde está el cine de autor, ese de poco dinero con un buen guión? ¿Y las historias que nos llegan al alma? ¿Y los recursos narrativos como el tiempo, el montaje? ¿Qué pasará con el cine? ¿Ahora todo será Avatar? ¿Todo entretenimiento?.


Artículo de Rubén S. Ferrer

Oscar 2010 Avatar: Vacaciones en Pandora




La cara A

Tras más de 10 años sin dirigir ningún largometraje, James Cameron vuelve a lo grande con una historia de aventuras disfrutable para el público de todas las edades. Si además le añadimos la posibilidad de ver la película en 3D, destacando el efecto óptico de la profundidad, nos encontramos con el mejor cine espectáculo que podemos ver actualmente en la cartelera.

Cameron, centrado últimamente en documentales sobre los misterios de las profundidades del océano, ha creado una historia donde además de aventura podemos encontrar una crítica al afán colonizador del imperialismo yanqui, destacando el heroísmo de los primitivos nativos na’vi del planeta Pandora frente al ejército invasor humano más avanzado.

Los na’vi son unos gigantes azules que viven en la jungla del planeta más hermoso que se ha recreado últimamente en pantalla, y que tienen un código de honor arraigado y que respetan las maravillas de la naturaleza.

Si añadimos una historia de amor, el contraste de culturas, y grandes batallas con naves y criaturas extravagantes, la diversión está asegurada.

Se ha comparado Avatar con Pocahontas (aunque sería más propio hacerlo con El nuevo mundo de Terrence Malick), y es cierto que tienen una base parecida, donde entre el caos de una fuerza invasora con más recursos que llega para conquistar a una población primitiva surge una historia de amor, pero ahí queda la cosa.

Quién sabe, a lo mejor Cameron ha querido actualizar una historia conocida, o a lo mejor ese momento histórico le ha servido como excusa para hacer una gran película de aventuras, o a lo mejor ha sido una simple casualidad, porque es verdad que las ideas están en el aire, y cada vez es más difícil ser original.


De todas formas, sea lo que sea lo que haya inspirado al director, la verdad es que Avatar es una película espectacular, visualmente atractiva, muy emotiva en ciertos momentos, y con un gran diseño de producción.

Pese a la inevitable violencia de las batallas, se trata de una película para toda la familia, donde es casi obligatorio verla en el cine para alucinar a lo grande, sobre todo con el efecto en tres dimensiones, que parece que ha sido rodada para verla exclusivamente de esta manera, puesto que la diferencia de verla en 2D y 3D nunca fue tan abismal.




Artículo de David Tarrazona

18 de febrero de 2010

Oscar 2010: District 9 y el apartheid marciano




Súdafrica vive ya casi 30 años con la compañía de una nave alienígena que se detuvo en el cielo a escasos metros de la ciudad. Todos sus tripulantes fueron distribuidos en el llamado Distrito 9, un mísero barrio de las afueras de la ciudad donde malviven los extraterrestres. La MNU, una corporación designada por la ONU para el cuidado de estos habitantes, pretende reubicarlos en una zona mejor, pero bajo este plan se esconden sus verdaderas intenciones, hacerse con la potente tecnología militar de los visitantes.

Hasta 1994, los ciudadanos sudafricanos de raza blanca, y esto no es ficción, no tenían derecho a voto, simplemente por el color de su piel. No sería descabellado pensar que ante una situación como la que plantea la película de Blomkamp el ser humano, tan cruel y me atrevería a decir que xenófobo por naturaleza (aunque esto cambie lentamente) se comportaría de la misma forma. Por miedo, por egoismo o simplemente por ignorancia.





De la mano de Peter Jackson, el realizador sudafricano Neill Blomkamp desarrolla esta idea y lo hace de una forma muy inteligente. Especialista en efectos especiales ( es el autor del anuncio del C4 bailarín o responsable de efectos en la serie Stargate SG1) consigue brillantemente integrarlos en una película que avanza bajo la forma de falso documental.

No es la primera vez que se cambian los papeles y el espectador se identifica con los extraterrestres (quién no lo hizo con ET) o que convivimos con ellos ( Alien Nación o La invasión de los ladrones de cuerpos), pero aquí el protagonista, a diferencia de las anteriores es un anti-héroe, el antagonista es la propia humanidad, y la motivación es conseguir reparar la nave y escapar de este planeta tan hostil.
Un protagonista cobarde, funcionario del gobierno que se ve perseguido por su gente al convertirse en la clave para la utilización del tecnología, y no duda en hacer cualquier cosa con tal de sobrevivir.

Al sustituir a los “apartados” por seres de otros planetas, Blomkamp tiene vía libre para mostrar el lado (irónicamente) más monstruoso del ser humano que humilla y maltrata a otros ciudadanos para después compadecerse hipócritamente.


District 9 no es demagogia sino lo contrario, una buena y entretenida película de ciencia-ficción que utiliza las armas del documental y un reciente pasado histórico para hacerla todavía más dura y compleja, y esto es lo que más valoro del film neozelandés, que reme frente a viento y marea con un "modesto" presupuesto de 30 millones de dólares (Independence Day costó 817 millones hace 14 años) con la creatividad y talento por bandera y se permita reflexionar sobre temas tan polémicos como la marginación social, la privatización de las empresas o el corporativismo.


Artículo de David Boscá

11 de febrero de 2010

¿Sueñan los cylones con ovejas eléctricas?




Battlestar Galactica (2003) escrita por Ronald D. Moore, y con un reparto coral encabezado por Edward James Olmos (Blade Runner), es la ciencia-ficción más adulta que ha surgido alguna vez de la televisión.

Para situarnos en antecedentes, Battlestar Galactica fue primero una simpática serie de televisión creada por Glen A. Larson en 1978. Constaba de una única temporada repleta de aventuras espaciales, y de la que surgió un horrendo sub-producto que pretendía ser una segunda temporada titulada Galactica 1980 pero que no tuvo nada que ver con el espíritu del original, y que tanto los involucrados como los seguidores tacharon de apócrifa.

Tras un vano intento en 1999 de Richard Hatch (el Apollo de la serie original) por recuperar la franquicia, y tratando de otorgarle un tono más serio en Battlestar Galactica: The second coming mediante un trailer como avance de lo que podría haber llegado a ser la verdadera secuela de Battlestar Galactica, no fue hasta el año 2003 en que Ronald D. Moore nos ofreció un remake, reinventando todo lo creado anteriormente, y empezando de cero partiendo de la misma premisa original.


Battlestar Galactica (2003) empezó como una excelente miniserie de tres horas de duración, a la que le siguió una también fantástica serie regular de cuatro temporadas redondas, con películas entre temporadas y mini-episodios para internet incluidos.

El parecido con la serie original era puramente anecdótico. Estaba la nave Galactica, estaban Apollo y Starbuck (este último ahora interpretado por una mujer, pero conservando la misma personalidad), también el comandante Adama, los cylones, y hasta el traidor Baltar, pero todo era distinto. El tono era mucho más oscuro y siniestro, y notablemente más dramático. Ahora la tensión era constante, y la lucha por la supervivencia era verdaderamente dura y despiadada.

Ni la música, ni la fotografía, ni la dirección tenían algo que ver con el original. El estilo era claramente superior y acertado para lo que Ronald D. Moore tenía en mente.


Después de haber visto la obra completa y pudiendo valorar el conjunto, puedo decir que la nueva Galactica es ciencia-ficción pura, dura e inteligente, dotada de un espíritu de heroísmo y sacrificio intachable donde, al final, todo se resume en la supervivencia, tanto de humanos como de máquinas.

Todos quieren seguir existiendo, como anhelaba el Nexus 6 interpretado por Rutger Hauer en Blade Runner con su frase sentencia: “Quiero vivir más, padre”, y de la cual aquí hay ecos en los nuevos cylones con aspecto humano, que bien podrían pasar por los replicantes de aquella película.

Estos nuevos cylones dan tanto juego que provocan una gran tensión entre la tripulación cuando se descubre la infiltración de varias de estas “tostadoras” andantes, generando desconfianza y paranoia entre la tripulación, como ocurría en La cosa de John Carpenter, de manera que tenemos conspiraciones, tanto de los cylones infiltrados como de los propios humanos intentando hacerse con el poder.


No hay maniqueísmo en la nueva Galáctica,ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos (sin quitarles mérito a su maldad, puesto que aniquilan a casi la totalidad de la población de doce colonias planetarias).

Un claro ejemplo lo tenemos en uno de los más grandes personajes de la serie, el Doctor Gaius Baltar (interpretado por James Callis), porque mientras que en la serie antigua era un hombre malvado y un traidor a conciencia que tan sólo ambicionaba el poder, aquí Baltar es un personaje complejo, que tan sólo trata de sobrevivir entre todo el caos en el que se encuentra, aliándose con quien mejor le convenga en el momento más oportuno, y que tiene visiones de una cylon con aspecto humano (Seis, interpretada por Tricia Helfer), rubia, bellísima y exuberante, con la que discute lo que ocurre a su alrededor, otorgando a los momentos entre ambos unas ciertas dosis de humor debido a lo surrealista de la situación. Y a fe que sobrevive este pobre diablo con suerte…

Además del tono militar, la serie gira en torno a temas religiosos, políticos y por supuesto metafísicos.


Los humanos de las colonias rinden culto a los dioses de Kobol, siguen las profecías que pueden llevarles a la Tierra, mientras que los cylones no sólo toman consciencia de sí mismos, sino que además creen en un dios único y verdadero, en contraste con los dioses de Kobol. Se rebelan contra sus creadores humanos, conscientes de que la única vía para vivir en paz pasa por su total exterminio.


Para ver la cabecera de inicio haz click aquí


En busca de analogías:

Solaris (1972), de Andrei Tarkovksy
Blade Runner (1982), de Ridley Scott
Starship troopers: Las brigadas del espacio (1997), de Paul Verhoeven
Neon Genesis Evangelion (1995) (TV), de Hideaki Anno
Firefly (2002) (TV), de Joss Whedon
Yo, robot (2004), de Alex Proyas
Terminator Salvation (2009), de McG


Artículo de David Tarrazona

8 de febrero de 2010

Programa doble: El mito de la caverna en Matrix y Nivel 13




“¿Qué es lo que veo por la ventana? Sombreros y capas que muy bien podrían ocultar unas máquinas artificiales, movidas por resortes”

René Descartes


Al igual que los hombres del mito de la caverna de Platón, obligados a contemplar unas sombras a las que consideran la auténtica realidad, los protagonistas de Matrix y Nivel 13 viven, sin saberlo, como esclavos en un mundo irreal. Del mismo modo que en el mito, alguien conseguirá escapar de la prisión y ver el mundo exterior. Al principio le dolerán los ojos, pero logrará observar la verdadera realidad, mucho más compleja que las proyecciones virtuales que entendían como reales.


El documental ¿¡Y tú que sabes!?, refleja algunas de las últimas teorías de la física cuántica (en la línea más cercana a la Nueva Era) que cambia por completo la noción de nuestro universo. Se afirma que existen unas partículas más pequeñas que los átomos (subatómicas) que no están hechas de materia sino de energia. Estas partículas parecen existir únicamente cuando son observadas, es decir, que nosotros somos creadores de la realidad física que aparentemente es sólida. Según estas teorías, nuestros pensamientos crean nuestro mundo, de la misma forma que el lenguaje binario informático crea el mundo “real”de Nivel 13 o la falsa realidad de Matrix. Sus mundos no son más que conceptos construidos por otros hombres en la película de Josef Rusnak o por máquinas, en la trilogía de los hermanos Wachowsky.

A diferencia del mito de Platón, donde el mundo real es inteligible (se accede con el alma), los mundos de Nivel 13 y Matrix son físicos, siendo el falso mundo, virtual, producto de una computadora. En este contexto, Neo, puede (y debe) aprender a dominar este falso mundo, consciente de su “no existencia” y ser capaz de cualquier cosa, cualquier imposible.


Esto,tampoco es nuevo. Estrechamente enlazado con la teosofía y con algunas doctrinas orientales, Neo no sería otra cosa que el equivalente al maestro ascendido, que una vez alcanzada plena consciencia del más alto nivel, sobrepasa las limitaciones de la experiencia humana, siendo capaz de desafiar las leyes físicas, como volar o esquivar las balas.

Por desgracia, los habitantes de los dos mundos de Nivel 13 ( el mundo contemporáneo y el de los años 30) no son capaces de trascender y adquirir un poder divino como hace Neo y permanecerán eternamente anclados allí hasta que alguien lo determine.

Hannon Fuller, el viejecito que utilizaba el mundo virtual para beneficiarse de las bellas coristas, al menos descubre la terrible verdad, que al igual que los Smith de la trilogía Matrix, los responsables intentarán ocultar a cualquier precio.


Grogias, filósofo griego nacido en el siglo V antes de Cristo, elaboró tres conocidas tesis:

1. No existe realidad alguna
2. Si algo existiera sería impensable
3. Si se diera el caso de que conocieramos algo, no podríamos comunicarlo a los demás…


¿Acaso nuestro mundo no es real?



Las películas:


Nivel 13 (1999),de Josef Rusnak
Matrix (1999), de los hermanos Wachowsky


Artículo de
David Boscá

4 de febrero de 2010

Gondry, Kaufman y el eterno resplandor de la mente inmaculada




Tras conseguir dos nominaciones a los Óscar por los guiones de Cómo ser John Malkovich (1999) y Adaptation (2002) por fín le llegó la estatuilla en 2004 a Charlie Kaufman por su Eternal Sunshine of the Spotless Mind ( ¡Olvídate de mí! en nuestro creativo país). Sin duda han sido los dos directores de videoclips, con una trayectoría cinematográfica más interesante, Michel Gondry y Spike Jonze ( sin olvidarse de David Fincher) los que más partido han sacado a los delirios del genial guionista.

En El eterno resplandor de la mente inmaculada, Joel ( Jim Carrey) descubre un día que su impulsiva novia, Clementine ( Kate Winslet) ha hecho que borren de su cabeza todos los recuerdos de la frustada relación de pareja. Ofendido, Joel acude a la clínica del doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson), responsible del proceso, para que borre también a Clementine de su memoria. Cuando parece que todo va según lo previsto, Joel, descubre en lo más fondo de su cerebro, que sigue queriendo a Clementine e inicia una lucha contra el doctor Mierzwiak y su equipo ( Elijah Wood, Mark Ruffalo y Kirsten Dunst) para intentar conservar el recuerdo de su novia.



¿Cómo una película tan surrealista puede ser tan real, tan auténtica? Posiblemente porque juega con la magia inmortal de los recuerdos, elemento fundamental del género humano junto a los sueños, que dan una aproximación a la realidad, a nuestras realidades, mucho más cercana que la propia historia. Y por eso ¡Olvídate de mí! nos toca la fibra, hurga en lo más profundo de nuestro corazón y nos recuerda lo que es enamorarse y desenamorarse de una forma fresca e impredicible.


En la cabeza de Joel, Michel Gondry y Charlie Kaufman están en su salsa, libres para dar rienda suelta a su creatividad y mostrar, con la ayuda de un fantástico montaje ,el laberinto de emociones y recuerdos que se multiplican como los instrumentos de los White Stripes en el video de The hardest button to button. Capacitados para imaginar una historia y moldearla con el material con el que se construyen los sueños, que nos es tan familiar y por ello tanto nos afecta.

¡Olvidate de mí!
es la historia de las relaciones de pareja, de la inseguridad de la primera conversación, la emoción del primer beso, la tranquilidad que da el primer año, las discusiones absurdas, el miedo, los largos silencios, las discusiones, las despedidas y la vuelta a empezar. Porque el ser humano siempre vuelve a empezar, orgulloso de ser propietario de su legítimo derecho a equivocarse una y otra vez…


El cine de Charlie Kaufman:


Cómo ser John Malkovich (1999)
Human Nature (2001)
Confesiones de una mente peligrosa (2002)
Adaptation (2002)
¡Olvídate de mí! (2004)
Synecdoche, New York (2008) como director


Artículo de
David Boscá

27 de enero de 2010

The Fountain o el alma inmortal




El filósofo Bronson Alcott decía que la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia. Qué razón tenía, porque de otra forma no se explican los abucheos que sufrieron auténticas obras maestras del cine universal como El nuevo mundo, de Terrence Malick o el objeto de comentario de hoy, The Fountain, de Darren Aronovsky. Abucheos por supuestos críticos en festivales como el de Cannes, incapaces de profundizar, insensibles al arte, a lo sublime.

La fuente de la vida (de nuevo quienes traducen las películas en nuestro país piensan que toda España es igual de imbecil que ellos) no es una película sencilla de analizar en nuestro tiempo. En una sociedad desvinculada de la espiritualidad, fuertemente ligada a lo material y cada vez más alejada del arte, ya que lo único que parece importar es la firma, se requiere un esfuerzo demasiado alto, para la mayoría para intentar empatizar con esta visionaria película de ciencia-ficción.

Se han escrito muchas estupideces, en parte justificadas por la manipuladora campaña publicitaria, llevada a cabo por la Fox, para tratar de rentabilizar un producto difícilmente amortizable. Porque, no, The Fountain no es una historia de amor a lo largo del tiempo, es algo mucho más complejo.


Aronovsky parte de la premisa de la inmortalidad codiciada en nuestros días, la voluntad de sentirse eternamente joven, ya sea con cremas u operaciones estéticas, y se hace una pregunta: “Si el hombre venciera a la muerte, que es lo que le hace humano, y viviera eternamente, ¿perdería su humanidad?”

Tom (Hugh Jackman) es un médico que busca incansablemente una cura para el cáncer que consume la vida de su mujer Izzy (Rachel Weisz). Dedica prácticamente noche y día a su lucha personal, olvidando que lo que su mujer más necesita es su cariño. Posiblemente inspirada por la perseverancia de su marido, Izzy escribe una novela ( The Fountain) que trata sobre la lucha de otro hombre, otro Tom (en este caso Tomás) pero del siglo XVI, empeñado en encontrar el equivalente de la legendaria fuente de la eterna juventud de Ponce de León materializado, en este caso, en un árbol de la vida (de clara inspiración judeo-cristiana). A raíz de la lectura del libro por parte de Tom, y de la voluntad de Izzy de que su marido escriba el último capítulo del libro (o lo que es lo mismo, que acepte la muerte como un acto de creación),lo real y lo ficticio empieza a enlazarse junto a una nueva no realidad, la misión espacial de un Tom del futuro, que viaja junto a su amado árbol en busca de una nebulosa moribunda que le devuelva la vida que se escapa de sus raíces.



Este Tom del futuro no es otra cosa que el temor del Tom del presente, un hombre de ciencia por aceptar la muerte como un inicio, y no como una enfermedad y un final de la existencia. Es la vida que él quiere para el ser humano, una vida donde la muerte ha sido derrotada por la ciencia y se puede vivir eternamente.Por eso en su realidad aparece la figura de Izzy para pedirle que lo acabe, que termine la novela, que acabe aceptando la muerte como un nuevo comienzo. Tom por fín lo comprenderá, entenderá como Izzy que el amor no tiene final y dejará en su tumba la semilla de un futuro árbol y cerrará el libro con el conquistador unido también con la naturaleza por la ingesta de la savia del árbol de la vida.


Darren Aronovsky, creó algo único, diferente, que posiblemente nunca será comprendido, pero que, sin duda, consigue emocionar al espectador abierto y sensible, en gran parte gracias a la música de Clint Mansell, que nos regala una de las composiciones más bellas de la historia del cine.


Otras experiencias filosóficas:

2001, una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick
Solaris (1972) de Andrei Tarkovsky
Zardoz (1974),de John Boorman
Blade Runner (1982), de Ridley Scott
Matrix (1999), de los hermanos Wachowsky
El nuevo mundo (2005) de Terrence Malick



Artículo de
David Boscá

19 de enero de 2010

Brazil o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar al sistema...



Los personajes de Brazil viven en una sociedad enfermizamente burocrática, donde cualquier desliz de la organización establecida supone un gran problema para estos (mal denominados) individuos incapaces de reaccionar ante cualquier banalidad. Gilliam lleva al máximo surrealismo las ideas planteadas por Orwell en su inmortal 1984, batidas, que no agitadas, con el universo kafkiano angustiosamente desarrollado en El proceso, o en menor medida con las fórmulas expuestas en Un mundo feliz de Huxley o en Fahrenheit 451 de Bradbury.

En un lugar cualquiera del siglo XX, vive Sam Lowry, posiblemente el funcionario más eficaz del Ministerio de Información, con lo que las ofertas de ascensión laboral están a la orden del día, más aún si cabe por la fuerte influencia de su madre en el Ministerio. Pero Sam es feliz en su monotonía. Lo es hasta que un mal día un nombre se confunde a raíz de un error tipográfico, llevando a la muerte a un ciudadano en lugar de un “terrorista” (interpretado por Robert de Niro), fontanero cuyo crimen es llevar a cabo reparaciones clandestinas a margen de los formularios burocráticos. Esa serie de catastróficas desdichas hará que Sam se encuentre con Jill Layton, mujer que ama en sus sueños, y que hará que por fin acepte el ascenso con tal de obtener información acerca de ella.



Brazil y su pegadiza melodía, no es más que una válvula de escape para Sam y quien sabe si para Gilliam, el sueño de la utopía, materializado en sus delirantes ensoñaciones (a través de las cuales el director da rienda suelta a su imaginación), donde es capaz de librarse de las cadenas que le oprimen, sentirse héroe y capaz de cualquier acto en un mundo fantástico. De ahí que su universo se derrumbe al encontrar la pieza (Jill) indispensable para alcanzar ese mundo ideal anhelado.


Cierto es que el retrato que hace Gilliam de una sociedad ultra dependiente de la tecnología, del gobierno y de la burocracia, se nos antoja muy exagerada y caricaturizada (el contínuo uso del gran angular nos lo recuerda en prácticamente todas las secuencias) pero en su esencia no parece tan distante de la sociedad del Sitel, de la gripe A, del Facebook, del Ipod o de los grandes satélites que rodean nuestro planeta.

Brazil...

Where hearts were entertaining June
We stood beneath an amber moon
And softly murmured someday soon...
We kissed...
And clung together
Then...
Tomorrow was another day
The morning found me miles away
With still a million things to say
Now...
When twilight dims the skies above
Recalling thrills of our love
There's one thing I'm certain of
Return...
I will...
to old...

Brazil.



Otros universos orwellianos:

1984, de Michael Anderson (1956)
THX 1138, de George Lucas (1971)
1984, de Michael Radford (1984)
Equilibrium, de Kurt Wimmer (2002)
V de Vendetta, de James McTeigue (2005)


Artículo de
David Boscá

8 de enero de 2010

Programa doble: Un rayo de sol en la Luna



Metafísica. Parte fundamental de la filosofía que trata el estudio del Ser en cuanto tal y de sus propiedades, principios, causas y fundamentos primeros de existencia.

Es inevitable encontrar una estrecha conexión entre las dos películas propuestas hoy (Sunshine, de Danny Boyle, y Moon, de Duncan Jones) y las dos principales obras maestras de la ciencia-ficción, Solaris, de Andrei Tarkovsy y 2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick.

Estamos frente a dos de las propuestas más valientes de los últimos años en el terreno de la ciencia-ficción. Por una parte, la primera incursión en el género del director británico Danny Boyle ( Transpotting, 28 días después, Slumdog Millionaire) con el deliberado objetivo de conseguir un film que fuera capaz de fundir premisas tan dispares, y a la vez tan cercanas, como las que proponían el film de Tartokvsy y el Alien, de Ridley Scott.



Por otra , la ópera prima de Duncan Jones, que lejos de utilizar el nombre y reputación de su padre ( David Bowie), se lanza con un explícito homenaje al clásico de Kubrick, con todo el riesgo que ésto conlleva. Eso sí, lo hace con dos actores fántasticos: Kevin Spacey y Sam Rockwell, protagonistas absolutos de Moon.


Ambos films centran el argumento en sendas misiones espaciales, el intento de supervivencia de la humanidad ante un sol que se está apagando, y la extracción de recursos en la Luna para paliar la crisis de suministros energéticos que sufre la Tierra.

Los postulados básicos de la metafísica como el concepto de la no-contradicción, es decir la inviabilidad de que algo sea y al mismo tiempo no sea, están presentes en ambas películas, pero es en el caso de Moon, donde se le da una vuelta de tuerca muy interesante.

Como buenas películas de género, hacen uso de la mitología para mantener un diálogo secreto con el espectador más avispado, que en seguida sabrá descodificar, por ejemplo, la decisión de nombrar Ícaro II a la nave de Sunshine o ver una posible unión con el hecho de que en el hinduismo el tiempo sea la eterna repetición de los mismos ciclos y Soma (el dios lunar) represente la inmortalidad. Pero, ¿qué entendemos por inmortalidad en la película de Duncan Jones?




Es posible que la película de Boyle se vaya apagando como el sol a lo largo del metraje, coincidiendo el punto de caída con el principio del tercer acto, que si bien aporta altas dosis de suspense, rompe con la armonía y la perfección visual que Sunshine estaba ofreciendo hasta ese momento. Paradojicamente, la idea de concebir la misión espacial como un viaje psicológico de los personajes hacia el Sol como fuente de vida de nuestro universo y toparse de golpe con lo real (con aquello que de repente nos hace darnos cuenta de que la vida no está hecha para nosotros) me resulta francamente interesante.

Moon es más equilibrada, pero no por ello menos tramposa, jugando maravillosamente, eso sí, con algunos clichés del género para confundir o guiar al espectador al lugar equivocado, incluso con referencias o paralelismos cinéfilos como el Gerty-Hal 9000.


Me parece interesantísimo también, al igual que ocurría en Matrix, la interpretación casi literal que Duncan Jones hace del mito de la caverna de Platón o de otras referencias filosóficas como el principio determinista o la creencia universal del libre albedrío para construir el personaje de Sam.

Dos películas muy recomendables que dejan de lado la maquinería y pirotecnia características de los “blockbusters” para centrarse en aspectos mucho más profundos del ser humano.

Te pueden interesar:


2001, una odisea en el espacio, 1968
Solaris, 1972
Naves misteriosas, 1972
Alien, 1979
Atmósfera cero, 1981
Gattaca, 1997
Nivel 13, 1999


Artículo de David Boscá

5 de enero de 2010

La invasión de los ladrones... de ideas



Sería muy difícil desarrollar una novela, o un guión, tan eficaz y punzante como el La invasión de los ladrones (más bien usurpadores) de cuerpos sin vivir las circunstancias socio-políticas de la Norteamérica de los años 50. ¿Acaso no se puede hacer un paralelismo entre la caza de brujas promovida por el senador McCarthy y el estado de paranoia anti-comunista con el hilo argumental del film?

También es interesante recordar que el supuesto accidente de un OVNI en Roswell en 1947 (año en el que por cierto nació el término “platillo volante” ) tuvo una gran repercusión mediática y acercó el fenómeno a un público mucho más global.



Sería poco acertado simplificar la idea de la invasión alienígena a un subproducto de género ( de ciencia-ficción se entiende) cuando el tema principal, sin duda alguna, es la deshumanización de la sociedad. ¿No es también cierto que vivimos en un ambiente de contínua intrusión ideológica? Es por ésto que la idea sobrevive a generaciones, y es por eso también que ha originado hasta cuatro adaptaciones oficiales de la novela de Jack Finney, la mencionada La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel junto a otras tres: La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman, Los secuestradores de cuerpos, de Abel Ferrara y la reciente Invasión, de Oliver Hirschbiegel.

Me quedo con la de Siegel por muchas razones, la mayor parte de ellas de caracter sentimental. Primero, porque nace en la edad de oro del cine de ciencia-ficción, compartiendo en ocasiones cartel con películas como La humanidad en peligro, El increíble hombre menguante o Ultimátum a la tierra, concebida unos años antes.

Y segundo, porque es verdad que una imagen vale más que mil palabras, pero también es verdad que más fuerte es la imaginación, y sinceramente, no tiene precio el que una película te enseñe el camino, perfectamente diseñado pero sin acabar, para que tú luego lo puedas completar.

Philip Kaufman, no hizo una mala adaptación, substituyó la inocencia e ingenuidad tan característica de los 50 para modelar una película mucho más pesimista y trágica, con una resolución realmente fantástica.

En cuanto a las otras dos, Ferrara se lleva la invasión al terreno militar logrando un producto mucho más efectista y fallido, según mi opinión. Diferente, eso sí.

Por último, el director de la interesante El experimento, realiza la versión más comercial e insípida de todas, otorgando el protagonismo en este caso a una mujer (papel interpretado por Nicole Kidman). Podría haber sido interesante ver como evolucionaba la idea, esta vez madurada en una sociedad que deriva del 11 de septiembre, pero lo cierto es que la película resulta muy plana, con poco suspense y carente de cualquier emoción.

¡Anda!, a ver si es lo que pretendían los invasores…


Otras invasiones no oficiales:


V, Invasión extraterrestre
(TV), 1983
El terror llama a su puerta, 1986
Expediente X (TV), 1993
The Faculty, 1998
La Plaga, 2006

Artículo de David Boscá

3 de enero de 2010

El que aborrece el saber no vivirá...



Películas como éstas siempre han despertado mi admiración.Especialmente en este caso, porque en plena polémica generada por las descargas ilegales en internet y los abusivos impuestos perpetruados por sociedades de autores, aparece un pequeño film independiente firmado por Richard Schenkman que, al no encontrar financiación, decide distribuirse gratuitamente a través de estas descargas, generando tal revuelo que muchas distribuidoras se interesan por ella.

La historia es fruto de un antiguo guión de Jerome Bixby (uno de los clásicos autores de la ciencia-ficción) concebido en la década de los 60 y finalizado hace unos diez años en sus últimos días de vida.

El concepto ciencia-ficción, que vive hoy muy alejado de su significado original,es la búsqueda de la anticipación y especialmente la metafísica o lo que es lo mismo, el estudio del ser, el existir.




The Man from Earth es la prueba inequívoca de cómo, con un fantástico guión (todo sea dicho), 200.000 dólares, conocimiento del lenguaje audiovisual y pasión por la ciencia-ficción clásica, se puede hacer una película ejemplar, sencilla pero cargada de sentimiento y emoción, únicamente algo artificial en la sorprendente resolución de la historia.

¿Qué ocurriría si alguien pudiera vivir cientos de años?¿Cómo evolucionaría?¿Seríamos capaces de cambiar la historia conocida?¿Qué ocurriría con la religión y las corrientes de pensamiento? ¿Estaría el ser humano preparado para asimilar toda esa información o se derrumbaría?

Preguntas y más preguntas que, al estilo socrático el espectador va planteándose al mismo ritmo que los personajes que habitan la casa donde transcurre el 90 % del metraje y, al mismo tiempo, se van contestando con una pericia inaudita que cierra este fantástico puzzle antropológico.

Si te gustó The Man from Earth:

12 hombres sin piedad, de Sidney Lumet 1957
Solaris, de Andrei Tarkovsky 1972
Contact, de Robert Zemeckis 1997
Nivel 13, de Josef Rusnak 1999
Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón 2006
Battlestar Galactica (TV), 2003

Artículo de
David Boscá